Cristina Fernández resolvió finalmente aspirar a un segundo mandato; eligió a Amado Boudou como compañero de fórmula, y le impuso al gobernador bonaerense Daniel Scioli la figura de Gabriel Mariotto como aspirante a vice. Estas dos decisiones alcanzan para que los argentinos sepamos qué país nos espera si la presidente resulta reelecta.
Boudou fue el impulsor de la confiscación de las jubilaciones privadas y del uso de las reservas del Banco Central, que sostienen el valor de nuestra moneda, para cualquier fin. Mariotto fue el piloto de la ley de medios audiovisuales, concebida con el doble propósito de desarticular al grupo Clarín y asegurarle al oficialismo y sus adictos masiva presencia en radio y televisión.
Si a esto se suma la manera como el gobierno supervisó el armado de las listas de candidatos de muchos gobernadores e intendentes (que se lo permitieron), nos encontramos con el rostro familiar del kirchnerismo: arbitrariedad, prepotencia, humillación. Pero Cristina no es Néstor, y va a aportar lo suyo a la nueva etapa del “proyecto”: kirchnerismo recargado, kirchnerismo 2.0.
Fernández fue electa presidente en el 2007. En ese carácter nunca supimos, hasta ahora, quién era: llegó al poder de la mano de Néstor Kirchner, gobernó bajo su custodia y orientación hasta octubre y por inercia luego, sin hacer nada, abrumada por el súbito desamparo personal, la soledad política, el desafío inminente de aspirar a un segundo mandato.
Sin embargo, lentamente, en el obligado papel de presidente y jefa de una parcialidad política, liberada ya de una tutela voluntariamente aceptada, fue asomando su propio perfil: primero con una sensible reducción del clima de crispación política que imponía su marido, luego con la desactivación de los conflictos que aquél creaba para mantenerse siempre a la ofensiva.
Más tarde emprendió el control de algunas malezas crecidas en el inculto jardín de Néstor: ciertos emprendedores cebados con los lucrativos negocios con el estado, sindicalistas convencidos de su impunidad como Juan José Zanola, José Pedraza o Hugo Moyano, desprolijos receptores de fondos estatales como Hebe de Bonafini y Sergio Schoklender.
Y finalmente, un poco obligada por la memoria de su marido, un poco impulsada por la fuerza de las cosas, y un mucho movida por su propia ambición, superó los duelos, las dudas, los consejos familiares, y decidió lanzarse a la búsqueda de un nuevo mandato. Debe reconocerse que a la presidente no le faltó audacia para dar ese paso.
Para ella, o para quien resulte consagrado en los comicios de octubre, los cuatro próximos años no van a ser miel sobre hojuelas. Para hablar solamente de economía: reducir la inflación, desmontar la maraña de subsidios a la energía y el transporte, bajar el gasto público y hacer todo eso sin provocar estragos sociales supone un desafío mayúsculo para cualquiera.
Cristina se lanza a ese abismo sin paracaídas, por falta de prudencia o por exceso de soberbia. Carece de un partido o una estructura política que la respalde (el Frente para la Victoria apenas aglutina lealtades compradas o forzadas), carece de un programa de gobierno (el kirchnerismo nunca lo tuvo), carece de colaboradores capaces (aunque podría obtenerlos).
Aspira a obtener un segundo mandato apenas sostenida por su propia imagen, por un relato épico acerca del gobierno iniciado por su esposo en el 2003, y por un puñado de jóvenes ambiciosos que finjen en los centros urbanos una extemporánea mística setentista. Y también, esto es real pero no mérito oficialista, por el crecimiento económico del país en estos años.
Para el kirchnerismo la cuestión de la imagen no es trivial, no es forma sino sustancia. El kirchnerismo es todo ilusión óptica, sombras chinas, humo, fantasmagorías; un espectáculo montado sobre el tinglado del progresismo y solventado por la soja. Si el precio de la soja fuera de 100 dólares la tonelada, hace tiempo que nos habríamos olvidado de Kirchner.
Cristina Fernández maneja su propia imagen con maestría, tiene vocación escénica, disfruta visiblemente de presentarse ante el público, sabe llorar cuando le conviene, intercalar una broma en el momento oportuno, presentar en cada caso el perfil adecuado. Emplea una gestualidad muy apta para la televisión, aprendida en los códigos de la televisión.
Cuando anunció su propia candidatura lo hizo en un ámbito que recordó la mesa chica de Mirtha Legrand, un ambiente cálido, casi íntimo, reservado para los invitados especiales. Al anunciar a su compañero de fórmula el ambiente fue más farandulero, al estilo Susana Giménez, con la revelación del ganador (un galán buen mozo) y un coro de cristinos aplaudiendo.
La expectativa deliberadamente creada en vísperas de ambos anuncios los convirtió en episodios culminantes de una miniserie. “Hoy sólo se habla de River y del vicepresidente”, ironizó Cristina sobre sus propios actos. Faltaba a la verdad: el principal titular del día había sido la humillación sufrida por el gobernador Scioli a manos del gobierno central.
Pero la verdad no es el fuerte de la cultura kirchnerista, prefiere reemplazarla por su propio relato, amañado, embellecido. El segundo punto de apoyo de la presidente, luego de su imagen, es el relato épico: Néstor con las ropas del Eternauta en lucha contra las corporaciones, los medios concentrados, el Fondo Monetario, la oligarquía, y otros villanos de historieta.
El relato épico del kirchnerismo como renacimiento del espíritu setentista es simplemente eso, un relato, una obra de ficción a la que tras ocho años de gobierno no se le puede encontrar el menor anclaje en la realidad, pero que está destinada a capturar la imaginación de jóvenes que sólo conocen esos años a través de una literatura impostora.
Así como Bonafini representaba el “reconocimiento de las madres” de los militantes de los setenta, en la ficción kirchnerista los integrantes de La Cámpora representan el papel de los “jóvenes que volvieron a la política”. Ahora van a funcionar como comisarios políticos, como garantes del “proyecto” con su masiva, calculada presencia en las legislaturas de todo el país.
Por este lado van a ser más marcadas las diferencias entre la presidente y su esposo. Néstor era un político astuto, maquiavélico en el peor sentido, cuya obsesión era amasar poder (y también dinero, pero esa es otra historia) por cualquier medio. El relato setentista le sirvió para ese fin, como le hubiese servido cualquier otro, porque nunca le importó realmente.
Cristina, en cambio, más intelectual que su marido, se toma en serio esas cuestiones e imagina que puede unir a Jauretche y Hernández Arregui con Laclau y Mouffe, para hacer del populismo no un término casi despectivo del lenguaje político sino un programa de acción y un estilo de gobierno. Lo que para Néstor era pretexto, para Cristina es texto. Programa.
La presidente cree que la juventud, que supone carente de vicios de arrastre, es el terreno adecuado para sembrar las cien rosas del ideario populista. Ella misma manifestó su deseo de servir de puente con las nuevas generaciones; de puente, entiéndase, entre un setentismo fantaseado y una juventud embelesada con la épica ficticia de la “militancia”.
Cristina promete, en suma, un kirchnerismo recargado, apoyado en su propia imagen como factor de seducción y en un relato épico que enlaza a la juventud de los setenta con la actual como factor de persuasión; un kirchnerismo mucho más densamente ideológico, y mucho más riguroso en el control de las realidades políticas locales, a todo nivel, en todo el país.
La presidente, y su principal asesor en estas planificaciones, Carlos Zannini, tal vez piensen construir, a partir de esos legisladores y concejales “camporistas” diseminados por todo el país, el aparato político que el kirchnerismo no tiene. Este año, en Córdoba, Cristina había hablado de la necesidad de institucionalizar el “proyecto”: sólo la organización vence al tiempo.
Esa necesidad, a partir de ahora, se ha vuelto imperiosa. El minucioso control de las listas de candidatos practicado desde la Casa Rosada rompió definitivamente los puentes con el peronismo que aún guardaba lealtad al kirchnerismo, ese “pejotismo” siempre denostado por la presidente, y con el sindicalismo cegetista, ambos prácticamente marginados de las legislaturas.
Cuando anunció su candidatura, Cristina empleó dos veces la palabra “someter”, “someterse”, en el sentido de exponerse al veredicto del electorado. La palabra tiene mucho que ver con el estilo kirchnerista. Cristina pareció siempre sometida a la voluntad de su marido. Néstor parecía disfrutar sometiendo a sus enemigos: “Quiero verlos de rodillas”, decía.
Quien busca someter suele ser un sometido que sólo encuentra la paz infligiendo a otros el trato padecido. La presidente sometió a Scioli a la (inconcebible en un país federal) humillación de aceptar un comisario político como compañero de fórmula. Gobernadores e intendentes se sometieron al trámite de presentar sus listas de candidatos a la aprobación del ejecutivo.
El kirchnerismo 2.0 trae consigo amenazas de sumisión: al culto de la personalidad, a la aceptación de un relato falaz, al imperio de la ideología. Someter, según el diccionario, significa humillar, conquistar, subyugar, subordinar. En octubre sabremos si esos gobernadores e intendentes que se sometieron representan la disposición de la sociedad toda.
–Santiago González