El Sistema raras veces llama a consulta sobre sí mismo. Digo Sistema a falta de mejor nombre para esa conjunción de burocracias políticas y corporaciones económicas, amalgamada por el capital financiero, que se ha atribuído la misión de marcar los destinos del mundo. El Sistema no se pone a sí mismo en cuestión, simplemente llama a elecciones de tanto en tanto para renovar la administración política cuando la existente ya ha perdido credibilidad y eficacia. En Gran Bretaña, la presión popular por un lado y la arrogancia del Sistema, convencido de poder engañar a todos todo el tiempo, por el otro, condujeron a esta rara consulta que acaba de patear, desde la pequeña isla señera, el tablero mundial. Formalmente, se trató de un referendo sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea; en los hechos, fue una consulta sobre el Sistema. Y los ciudadanos, desafiando un clima adverso y la campaña de miedo y calumnias que el Sistema lanzó a último momento, cuando vio que no las tenía todas consigo, se pronunciaron. Gran Bretaña se separa de la Unión Europea, y ahora el futuro de ambas partes es un interrogante abierto. En todas las naciones europeas se agitan las mismas tensiones que en Inglaterra, pero se expresan de manera menos civilizada, bajo la forma de nacionalismos extremos o racismo contra los inmigrantes, que el Sistema no tiene inconvenientes en refutar con las delicadas falacias de la corrección política. El genio británico consistió, como siempre, en apelar al sentido común, sin ideologías ni fanatismos. Lo ocurrido en las islas puede ahora ser un ejemplo para el Continente, y su clase dirigente haría bien en tomar nota. También al otro lado del Atlántico, pero allí son más torpes, tienen la cabeza más dura.
Todo este lío empezó tras la caída del muro de Berlín, que algunos interpretaron como el fin de las ideologías, y el fin de la historia. Meros artículos de propaganda para allanar el camino a un totalitarismo de nuevo cuño, más sutil que los vistos en el siglo XX, sin ejércitos poderosos ni manifestaciones multitudinarias ni líderes teatrales. De buenas a primeras, todo comenzó a moverse en dirección de la concentración: mientras el mundo corporativo hervía de fusiones y adquisiciones, las naciones se sentían impulsadas a organizarse en bloques. La Unión Europea, con una larga historia anterior, se erigió en el modelo de los nuevos tiempos. La fuerza poderosa y desconocida detrás de esos procesos resultó ser el capital financiero, y el mundo se fue organizando en función de sus intereses: un gran mercado indiferenciado, sin barreras arancelarias ni culturales ni religiosas ni lingüísticas ni políticas; un espacio libre para producir donde se pueden pagar los sueldos más bajos y vender donde se pueden obtener los precios más altos, todo en beneficio de la renta financiera. A esto se lo llamó globalización, se lo describió como el rumbo inexorable de los tiempos, y se lo acompañó de una pedagogía de corrección política para que todos aceptaran sus efectos sin chistar.
Al cabo de dos o tres décadas, los efectos de ese modelo están a la vista: desigualdad creciente, proletarización de las clases medias (más en un sentido cultural y social, aunque también económico), desfalcos financieros de escala planetaria, migraciones descontroladas y no queridas, destrucción de empleo, pérdida de identidad cultural e histórica, desasosiego generalizado, retroceso de la religiosidad, adicciones, debilitamiento de la familia, el barrio, la parroquia como lugares de pertenencia y contención. Y sobre todo, la sensación de haber perdido todo control sobre el poder político o económico, la comprobación de que no hay ventanilla donde presentar una queja y ser escuchado. Contra eso se rebelaron ahora los ingleses: no quieren ser productores o consumidores anónimos de un mercado planetario e indiferenciado; quieren decidir, ellos, a quién le compran y a quién le venden; quieren conocer personalmente a su representante político, a su patrón, a su cliente, a su almacenero y a su vecino, quieren seguir cultivando rosas en su jardín, atentos a los resultados del cricket o del fútbol y leales a su reina. Quieren seguir siendo ingleses. Porque sí. Porque para eso lucharon ellos y sus antepasados. En defensa de ese derecho de ser lo que quieren ser han dado ahora este salto valiente y arriesgado, sin red y sin líderes, sin saber realmente qué les depara el futuro pero confiados en sus propias fuerzas y en su sentido común, como siempre. Admirables.
–Santiago González
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