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Es el progresismo, estúpido

Usted habrá leído en estos últimos tiempos frases como “Es el peronismo, estúpido” y otras en el mismo sentido. Permítame decirle que se trata de un bolazo de proporciones. Porque no cuenta la verdad, porque ni siquiera cuenta la mitad de la verdad, y porque lo hace deliberadamente. Le aclaro de entrada que no me propongo hacer aquí una defensa del peronismo, de cuyas gracias y desgracias ya me he ocupado en abundancia en este sitio, sino más bien pasar en limpio lo ocurrido en los últimos doce años para saber de antemano desde dónde pueden venir las amenazas en los años venideros. Le aseguro que no será desde el peronismo, aunque el peronismo pueda cumplir eventualmente un papel instrumental. Esa es una interpretación cómoda, políticamente correcta, y peligrosa. Los argentinos nos encontramos ante la oportunidad histórica de torcer el rumbo decadente en el que nos embarcamos hace ya casi un siglo, y no podemos permitirnos un nuevo fracaso por haber interpretado mal las cosas. Y debemos ser conscientes, además, de que hay muchos interesados en prolongar el fracaso, porque prosperan en él y con él.

El kirchnerismo estuvo sostenido a lo largo de estos años, qué duda cabe, por el aparato político llamado peronismo, que hoy día es apenas una red más o menos informal de corte mafioso que se extiende desde las bancas legislativas hasta los punteros de barrio, y que se alquila al mejor postor, sin pruritos ideológicos ni prevenciones morales. Pero el kirchnerismo recibió ese apoyo sólo después de que Néstor Kirchner consiguiera la presidencia en 2003: como suele decirse, el peronismo acude de inmediato en auxilio del ganador. Si Mauricio Macri ganara la segunda vuelta electoral, y asestara en la primera semana de gobierno los cuatro o cinco contundentes e inequívocos mandobles que debe asestar si quiere seguir gobernando las semanas siguientes, los peronistas acudirían de inmediato a la Plaza de Mayo a hacer cabriolas y menear la cola. (Prefiero no imaginar qué podría ocurrir si Macri les arrojara desde el balcón las apetecidas galletitas.) Con esto quiero decir que el peronismo no sería un problema para un gobierno republicano; en todo caso podría ser un problema policial, pero no político.

Los problemas políticos seguramente habrán de venir de otro lado. El kirchnerismo, como fenómeno cultural y político, fue la denominación circunstancial del progresismo, palabra que a su vez encubre de manera socialmente aceptable a la izquierda marxista y posmarxista. El kirchnerismo no habría sido posible sin el progresismo, que le permitió articular un discurso y lo validó ante la opinión pública a cambio de que desde el gobierno se le permitiera promover su agenda en varios frentes. Kirchner llegó a la presidencia como la alternativa progresista a Carlos Menem, a quien los medios progresistas habían demonizado tanto como a su colaborador Domingo Cavallo. Los progresistas apoyaron a Kirchner porque Jorge Lanata, desde su programa Día D, y la vasta constelación de periodistas progresistas que comenzaron a operar concertadamente desde la década de 1980, lo presentaron como uno de los propios. Todos esos periodistas lo apoyaron en sus primeros años de gobierno, algunos se mantuvieron leales al kirchnerismo, y otros se reciclaron en ángeles custodios de la república y la democracia. Dos de los medios fundados por Lanata, el diario Página12 y la revista Veintitrés, se convirtieron en los mayores voceros del kirchnerismo, y otros medios progresistas como Le Monde Diplomatique lo respaldaron oficiosamente. “La izquierda paga”, decía Kirchner, mientras le daba rienda suelta a toda la agenda progresista, desde la persecución judicial contra los militares del Proceso, hasta el matrimonio homosexual, cuestiones que difícilmente puedan rastrearse en el ADN peronista. Los intelectuales, académicos, artistas y actores que apoyaron a los Kirchner no lo hicieron desde el peronismo sino desde el progresismo, por lo menos en su gran mayoría. Todo el tan mentado “relato” kirchnerista no es otra cosa que una construcción imaginaria elaborada por intelectuales progresistas locales en línea con el pensamiento progresista internacional posmarxista.

Son esos progresistas los que tratan ahora de instalar la idea de que lo malo del kirchnerismo fue su componente peronista. No es la primera vez que los árbitros de la comunicación mediática argentina retuercen la verdad histórica. En los 90 implantaron la idea de que el “neoliberalismo” y su figura más representativa, Cavallo, habían sido los culpables de la crisis que estalló al final de la década, cuando lo cierto fue que la crisis se produjo por el desmanejo fiscal en que incurrió Menem, después de despedir a Cavallo en su obsesión por la reelección eterna. Pasada la crisis los periodistas progresistas insistieron en los discursos elegíacos sobre la joven democracia ininterrumpida, ocultando el hecho de que en el 2001 hubo un golpe de estado cruento, conducido por alfonsinistas y duhaldistas, con el único objetivo de liquidar la convertibilidad y licuar las deudas en dólares de las empresas. Más tarde instalaron la noción de que el regreso al proteccionismo y la intervención estatal en la economía habían permitido la recuperación iniciada con Duhalde y continuada durante la presidencia de Néstor Kirchner, cuando lo cierto fue que gracias a las inversiones privadas y estatales de los 90 el campo argentino se encontró en condiciones de responder con eficacia a la demanda internacional de soja, cuya renta solventó durante una década los delirios económicos de los Kirchner.

Si la Argentina tiene la fortuna de torcer su rumbo político y emprender la aventura de restablecer la república, la principal amenaza que afrontará el nuevo gobierno no vendrá tanto del peronismo, que en el peor de los casos podrá lanzar a la calle durante algunos días algunas decurias de matones y batatas, sino del progresismo, que volverá a poner en marcha su formidable aparato de propaganda, su creciente infuencia en los sindicatos, y sus grupitos de choque y agitación. El lector podrá advertir con sólo proponérselo cómo los periodistas progresistas, ahora republicanos, volverán poco a poco a tañer las campanas del progresismo. Volverán a tener, como siempre tuvieron, el apoyo financiero de los que sólo pueden prosperar en una economía cerrada y dirigida, o en un ambiente inflacionario. Asomarán otra vez, subrepticia, sibilinamente, como antes, incluso en los medios menos sospechados de simpatías izquierdistas. Y cumplirán la función que siempre cumplieron: acicatear el resentimiento y la discordia, y promover el miedo a la libertad. Si aún le quedan dudas, observe que todo el repertorio de argumentos, y algunas de las acciones, que el kirchnerismo arroja para contener un eventual triunfo de Macri provienen de la cantera progresista.

–Santiago González