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Emilio Eduardo Massera (1925-2010)

Emilio Eduardo Massera fue un personaje inescrupuloso y violento cuya condición de tal no le significó un obstáculo, antes bien le allanó el camino, para llegar al más alto nivel de la Armada argentina y para conducir los destinos del país como integrante de la junta militar que con apoyo civil tomó el poder en 1976.

Revisar su trayectoria en términos políticos parece una banalización de algo que excede de lejos esas categorías; incluso describirlo como psicópata parece un acto de excesiva benevolencia. Hablar de Massera llama más bien a reflexionar sobre la existencia del mal, y su encarnación en personas que lo representan en todo su horror revulsivo.

Pero este mismo planteo resulta demasiado abstracto, demasiado filosófico. Hablar de Massera exige reflexionar sobre cómo la sociedad argentina pudo permitir que una persona capaz de violar uno por uno los diez mandamientos alcanzara los niveles de responsabilidad institucional que alcanzó. Esta es, me parece, la cuestión de fondo.

Massera era un megalómano, un hombre pequeño que se creía grande. Se lo decía el espejo cuando le mostraba sus cejas pobladas y su mandíbula cuadrada. Se lo decían sus camaradas de armas, cuando se le rendían subyugados; se lo decían las mujeres. Se lo decía su propia elocuencia, contrastante con la indigencia verbal de los altos mandos.

Su carrera hasta la cúpula militar, que era también la cúpula gobernante del país, le ratificó sus creencias. La megalomanía fue invitada a la ceremonia de ascensos, donde recibió el sable de la omnipotencia, junto con su inevitable contracara: el absoluto desprecio por el otro, el otro entendido solamente como instrumento al servicio del propio yo.

Massera no era como Jorge Rafael Videla, para compararlo con uno de sus pares. Videla, como los Montoneros a los que combatía, creía en la santidad de su causa, y entendía que esa santidad lo autorizaba a matar. Massera sólo creía en su causa personal, no se hacía ilusiones acerca de la santidad, y mataba –u ordenaba matar– cuando le convenía.

Videla jamás habría buscado unir fuerzas con los Montoneros. Massera, con su percepción instrumental del otro, no tenía esos pruritos. Cualquier cosa que sirviera a su propósito irreal de quedarse con todo el poder, preferentemente por todo el tiempo, le venía bien. Cualquier cosa que se le opusiera era aplastada como quien aplasta una mosca molesta.

No le cargaba peso alguno en la conciencia asesinar al marido de su amante, ni encarcelar a toda una familia para apoderarse de sus bienes, ni ordenar la muerte de personas afines al gobierno militar si con sus actos trababan el cumplimiento de sus ambiciones. Era el más macho, y los demás lo admitían, lo festejaban.

No le planteaba contradicciones enfrentar a sus conjurados con las mismas consignas que el trío supuestamente había salido a combatir, no tenía inconvenientes en refutar a José Alfredo Martínez de Hoz con argumentos desarrollistas, no encontraba problemas en promover su carrera política con invocaciones a la democracia. Y varios lo siguieron.

Afortunadamente, la aventura del marino naufragó antes de salir del estuario. No consiguió ninguno de sus objetivos políticos, fue juzgado, condenado y puesto en prisión. Desde no se sabe qué altura moral pronunció un alegato durante el juicio a las juntas. Sólo la enfermedad iba a aplacar su soberbia, y la muerte a poner fin a su historia.

Ahora bien, la cuestión es que Massera no nació el 24 de marzo de 1976. Ese apretado conjunto de ambiciones, soberbia, carisma, inescrupulosidad, cinismo, desprecio y violencia, recorrió todo el escalafón de la Armada y fue aceptado como integrante de la junta de comandantes, que aunque ejercía el poder de facto era una institución del país.

Esto quiere decir que las instituciones, sus métodos de evaluación y promoción, fallaron a la hora de detectar la presencia de un personaje semejante y evitar su ascenso a los niveles de responsabilidad. Peor todavía: Massera se convirtió en una especie de caudillo para los mandos de su fuerza, que acompañaron sin reservas su programa de torturas y exterminio.

A pesar de que en esa época las fuerzas armadas se veían a sí mismas como moralmente superiores a la sociedad civil, en los hechos no escapaban a las generales de la ley en un país decadente, como lo prueba el fracaso compartido entre civiles y militares a la hora de promover a los mejores a las posiciones de responsabilidad.

Si observamos las alternativas políticas vividas tras el retorno de la democracia vamos a encontrar que el país (políticos, empresarios, sindicalistas, estudiantes, etc.) carece de un sistema confiable de promociones y controles para generar una clase dirigente honesta e idónea, que sirva a sus organizaciones y no que se sirva de ellas.

En ese marco, en cualquier momento, un nuevo Massera puede llegar al poder, sin necesidad de golpes militares. Puede hacerlo por medios rigurosamente democráticos, tal como ahora se vive la democracia: carisma, presencia mediática, ausencia de ideas, indiferencia por los principios, manipulación del lenguaje y de las personas. Y un grupo no muy grande de barras bravas.

–Santiago González