Las elecciones presidenciales del 2015 ofrecen a los votantes un acotado menú de opciones: los populistas de estado tienen a Sergio Massa, los progresistas a Margarita Stolbizer y los populistas de mercado a Mauricio Macri. Otro populista de estado, Daniel Scioli, se ha propuesto él solito como continuador de la corrupción, la impunidad y la mentira que definen el kirchnerismo, y no hay razones para cuestionarle esa pretensión. Como ya es tradición en este país, imaginado, fundado y constituído según la filosofía liberal, no hay una opción liberal en el menú. Quienes se reivindican como liberales han estado más ocupados en cosas entretenidas, como criticar al papa Francisco o seguir a diario el valor del dólar en el mercado negro, que en la fastidiosa política partidaria. Una manera de ver las cosas, que lleva a pensar qué es lo que esos liberales entienden por liberalismo.
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El menú electoral ofrece entonces tres platos de populismo, uno de socialdemocracia y ninguno liberal. Esto refleja bastante bien la mentalidad de la sociedad argentina, siempre dispuesta a escuchar a quienes le recuerdan sus derechos pero no a quienes le señalan sus obligaciones, siempre atenta a quienes le prometen futuros venturosos a bajo o ningún costo, siempre sorda a quienes le dicen que no hay futuro deseable sin esfuerzo.
Sin embargo, la instancia electoral que se avecina reclama como ninguna otra que el habitante de la nación argentina se convierta de una buena vez en ciudadano de la República Argentina. Las elecciones de octubre pueden ser decisivas para determinar si la Argentina va a continuar su rumbo de decadencia o va a torcer ese rumbo para marchar por el camino de la dignidad, la calidad y el respeto. Ese cambio de rumbo dependerá en alguna medida de la fuerza política que resulte triunfante en los comicios, pero en gran medida, en medida decisiva, dependerá de la actitud de los votantes, de su compromiso con el futuro común. Tanto como una renovación de los dirigentes se necesitará una renovación de los dirigidos.
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Parece que estas elecciones se van a reducir a un duelo entre el populismo de estado y el populismo de mercado. Esto llevó la calma al establishment, que con los populismos se maneja bien y en el fondo le da lo mismo Mauricio Macri que Scioli. Para los ciudadanos, en cambio, estos dos candidatos no son iguales. Scioli carga con la mochila del peronismo mafioso, Macri viene acompañado por otras fuerzas políticas que podrían, en realidad deberían, marcarle el terreno y trazarle el camino en la dirección republicana. Pero para que eso funcione se necesita la presión ciudadana. Presión implica información y participación. Compromiso. En este sentido, el episodio Niembro envió la peor de las señales: cuando el caso salió a relucir, la sociedad abandonó su abulia, no se dejó llevar por lealtades acríticas, y presionó en la dirección correcta; el PRO respondió con kirchnerismo puro: relato engañoso, patoteo en las redes sociales, defensa corporativa, y finalmente la decisión del Jefe.1
Si éste es un anticipo de lo que vendrá, entonces en octubre no se juega nada importante. Gane Scioli o gane Macri, parece, todo dependerá de los ciudadanos, de su voluntad y energía para mantenerle al administrador elegido el aliento en la nuca.2
–Santiago González
- Finalmente, Fernando Niembro renunció a su candidatura a diputado, y Macri le aceptó la renuncia. La presión de la opinión pública precipitó una decisión que debió haberse tomado mucho antes. Todo el episodio ratifica lo dicho en esta nota. [↩]
- En el mismo día en que ocurrió lo de Niembro, la justicia tucumana declaró nulas las elecciones y convocó a nuevos comicios, algo que no habría ocurrido si los ciudadanos de la provincia no se hubiesen movilizado durante nueve noches para reclamar respeto a su derecho a elegir libremente y sin fraude a sus gobernantes. Si los argentinos se deciden a vigilar su futuro, habrá futuro. [↩]