Hace unos años, la revista inglesa The Economist propuso un índice para comparar precios relativos en diferentes economías basado en el sandwich BigMac de MacDonald’s, un producto que con características más o menos similares se ofrece en gran número de países. Este sitio quiere proponer ahora un índice local para comparar precios en distintos momentos de la economía argentina.
Lo llamaremos el índice Arcor, se basa en el precio al consumidor de la mermelada de ciruelas de esa marca, y su utilidad se verá enseguida.
En los años de la convertibilidad, cuando un peso era igual a un dólar, el frasco de 454 gramos de mermelada Arcor se vendía a un peso. En los días de oferta se lo podía conseguir con descuentos de hasta 10 ó 15 por ciento, pero el precio básico era ése. En abril de 2010, el mismo frasco, en la misma góndola del mismo supermercado, cuesta 5,80 pesos, que pueden ser menos cuando hay ofertas.
(Base 1 = convertibilidad)
Medido en pesos, el aumento es de 480 por ciento. Por acostumbramiento cotidiano, esta cifra espeluznante ya casi no nos sorprende. Pero en dólares la cosa cambia. Si consideramos que el valor del dólar en la plaza cambiaria es de 3,90 nos encontramos con que el frasco de mermelada Arcor de 454 gramos es hoy un 48,70 por ciento más caro en dólares que en los años de la convertibilidad.
La elección de la mermelada Arcor como referencia no es azarosa: por un lado, el hecho de que costara exactamente un peso/dólar durante la convertibilidad facilita los cálculos; por el otro, Arcor es una empresa de envergadura que cuenta con sólido respaldo teórico y analítico en materia económica y financiera, y sus números no derivan de corazonadas o cálculos a ojo.
Lo primero que nos dice el índice que proponemos es que tal vez para los economistas de Arcor el dólar se encuentre extremadamente subvaluado, por la conocida intervención del Banco Central en el mercado, y que la paridad real se ubique más próxima a los 5,80 por dólar. Con lo cual el precio de la mermelada no habría aumentado, al menos en dólares.
Ahora, aunque especialmente entre los sectores industriales se escuchan reclamos sobre un presunto atraso cambiario, y aunque algunos analistas económicos avalen esa presunción, ninguno ha llegado a postular una cifra siquiera cercana a los 5,80 que exhibe el índice Arcor. Y si bien el dólar perdió valor en la última década, no lo hizo en la proporción que refleja ese número.
Puede ocurrir entonces que el aumento del precio de la mermelada refleje un cambio en la estructura de costos de la empresa, de magnitud tan grande que la haya obligado a encarecer el producto en dólares casi en un 50 por ciento.
Si éste fuera el caso, habría que dejar de lado enseguida los salarios, porque los sueldos en la Argentina medidos en dólares se redujeron a la mitad o menos tras la salida de la convertibilidad. Probablemente sólo los buenos sueldos de los camioneros de Hugo Moyano, que llevan a las plantas de Arcor los insumos que emplea en sus mermeladas, superen ese nivel.
Aunque los precios de los productos agrícolas que integran esos insumos mejoraron en las últimas décadas, ninguno aumentó en dólares lo bastante como para justificar un aumento del 50 por ciento en el precio final de la mermelada. A los productores mendocinos, por ejemplo, les pagaban el año pasado 10 centavos el kilo de damascos, una de las frutas que Arcor utiliza para estos dulces.
Lo mismo puede decirse del costo de la energía necesaria para la producción de la mermelada, o para el transporte de insumos hacia las fábricas y de los productos hacia las bocas de expendio. O de la carga tributaria que pesa sobre la generalidad de las empresas. O de la gabela que cobran los supermercados a sus proveedores por la exhibición de sus productos en góndola.
Hay sí un elemento adicional que se suma en una economía fuertemente inflacionaria como la que soportamos en los últimos años, y es el costo financiero. Los supermercados, especialmente los más grandes, suelen pagar a sus proveedores en plazos largos, que llegan hasta los seis meses. Las empresas deben cubrirse trasladando al precio la inflación esperada para ese lapso.
Pero ni este mayor costo financiero, ni los salarios, ni los insumos, ni la energía, ni los impuestos, ni la gestión administrativa, ni la publicidad (en la que incluímos el espacio en góndola) parecen explicar, con su peso relativo en la formación final del precio, el aumento que presenta este singular indicador económico que es la mermelada Arcor.
Indicador que refleja con bastante aproximación el encarecimiento de los comestibles, y de la vida en general, para el bolsillo de los argentinos. Si aceptamos lo que este indicador parece decirnos, para comprar lo que en los noventa se compraba con un peso/dólar hoy se necesitan 5,80 pesos, o sea 1,48 dólares.
Y recordemos que en dólares los sueldos cayeron por lo menos a la mitad. Lo que quiere decir que una persona que en los 90 ganara seis pesos/dólares por hora podía comprar un frasco de mermelada con 10 minutos de trabajo. Hoy, esa misma persona ganaría tres dólares por hora, y necesitaría 30 minutos de trabajo para comprar el mismo frasco.
Y todavía esta historia no terminó. Porque en los 90 la mermelada Arcor era la única que producía la empresa, un producto de consumo masivo de calidad bastante aceptable cuyas etiquetas ostentaban la leyenda “Con trozos de fruta”. Esa leyenda ya no aparece, y tampoco aparecen, previsiblemente, los trozos de fruta.
Arcor ofrece ahora tres marcas de mermelada: La Campagnola, que no tiene conservantes (6,35 pesos la de ciruelas en el supermercado Coto); Arcor, la que describimos en esta nota, de calidad inferior a la que presentaba durante los años de la convertibilidad (5,80 pesos); y Noel, un pastiche de glucosa y colorantes, lo que indica la escasa proporción de fruta que contiene (4,35 pesos).
El análisis que hicimos más arriba no nos permitió encontrar razones económicas que, ni por sí solas ni sumadas, justificaran un aumento del 50 por ciento en dólares del precio de la mermelada. Lo que nos lleva a pensar que ese aumento, o su gran mayoría, responde a razones especulativas. Esta expresión tiene mala prensa, pero conviene reflexionar un poco al respecto.
Una empresa no es una entidad sin fines de lucro. Por el contrario el lucro es su razón de ser, y toda su actividad se orienta a aumentar ese lucro. Una empresa no fija sus precios a la bartola, y mucho menos una empresa como Arcor, cuya envergadura y presencia en el mercado la convierten en uno de los formadores de precios, que otras empresas menores toman como referencia.
¿Cuál es el precio de un producto? Lo que alguien esté dispuesto a pagar por él. Las empresas colocan sus precios entre dos parámetros clave: el precio máximo que puede alcanzar su producto sin provocar una caída significativa de la demanda, y el precio mínimo, por debajo del cual la demanda no va a aumentar lo bastante como para compensar el menor margen de ganancia.
Siguiendo esta lógica, ¿por qué Arcor va a vender su mermelada a 3,90 si ofreciéndola a 5,80 continúa encontrando compradores? Y si por un impensable, e incluso económicamente cuestionable, rapto de generosidad decidiera colocarla en el mercado a 3,90, ¿cuánto podría aumentar las ventas?
Lo que Arcor hace, como la empresa bien administrada que es, es aprovechar al máximo en su beneficio las condiciones que le plantea la política económica vigente en cada momento de la historia. La economía populista restablecida por Eduardo Duhalde y Roberto Lavagna, continuada luego por los Kirchner y apoyada hoy con mejores o peores modales por todos los radicales y todos los peronistas, facilita la concentración económica y empeora la distribución del ingreso.
Por eso Arcor pudo comprar las marcas La Campagnola y Noel, quedar virtualmente sin competencia en el mercado de las mermeladas (excepto en la franja de inferior calidad), y fijar los precios a su arbitrio. Y apuntar casi exclusivamente a los sectores de mayores ingresos (donde da lo mismo pagar 3,90 que 5,80), porque en la otra punta del espectro social nadie puede comprar mermeladas, a ningún precio.
El índice Arcor, como anticipamos al comienzo de esta nota, tiene un propósito práctico que cualquier lector de este sitio puede aprovechar. Simplemente tome el sueldo que ganaba en los 90 y multiplíquelo por el valor del índice (5,80). El resultado es lo que debería estar ganando hoy. La diferencia es lo que la política económica vigente saca de su bolsillo para cedérselo a los grandes grupos económicos.
Y le saca tanto (como usted mismo habrá comprobado si hizo la cuenta) que luego tiene que subsidiar los servicios públicos para que usted pueda calentarse la sopa y viajar hasta su lugar de trabajo, ya que si debiera pagar por ellos lo que valen ni eso podría hacer.
Para mayor agravio, el gobierno le enrostra luego esos subsidios con las humillantes, insultantes leyendas que imprime en las facturas de servicios y boletos del transporte. En realidad, se trata de subsidios encubiertos a las empresas, para que puedan seguir pagando los sueldos miserables que pagan y aumentando la brecha entre los que más tienen y los que menos tienen.
–Santiago González