Tenemos un gabinete, y tenemos un jefe de gabinete. Lo que no tenemos, desde hace seis años, son reuniones de gabinete. Las reuniones de gabinete son el lugar donde se discuten las principales políticas públicas, se decide su puesta en marcha, y se evalúa su ejecución. El presidente fija los objetivos, los ministros son los encargados de llevarlos eficazmente a la práctica.
Las reuniones de gabinete son colectivas porque la mayoría de los problemas deben ser encarados desde diversas áreas de gobierno, y porque una mirada grupal ayuda a no dejar flancos descubiertos. Pero también son colectivas porque los ministros, que reciben abundante información de sus áreas de influencia, pueden alertar a sus colegas sobre asuntos que les incumben.
El gobierno Kirchner no celebra reuniones de gabinete. Esto puede ser la causa o la consecuencia de que carezca de políticas públicas. En todo caso, un ejecutivo decidido a gobernar por sí y para sí necesita rodearse de un elenco ministerial opaco y obediente. Desde el 2003, acontecimientos como la actual epidemia de dengue vienen tomando por sorpresa a un gabinete ineficaz y sin rumbo.
Tomemos el caso del dengue. Sólo esta semana, tres meses después de la aparición de un caso en Salta, la ministra de salud Graciela Ocaña decidió formar un comité de crisis. La epidemia venía azotando a Bolivia desde hacía un tiempo, y desde allí se trasladó a nuestro país sin que nadie hiciera nada al respecto, más que ocultar y desestimar advertencias médicas.
A esta altura, el dengue ya llegó al gran Buenos Aires, los casos registrados en todo el país bordean los 8.000 y los reales duplicarían esa cifra. ¿Qué estuvo haciendo Ocaña durante estos tres meses, qué estuvo haciendo el gobierno en su conjunto desde que se supo que la epidemia golpeaba a nuestros vecinos del norte y venía bajando?
Tomemos el caso de las relaciones exteriores. Observemos el triste, irrelevante papel cumplico por nuestro país en la reunión del G-20. ¿Cómo preparó Jorge Taiana la visita presidencial? ¿Cuáles fueron los contactos que superaron lo protocolar? ¿Qué aportó la Argentina a ese encuentro más que algunos balbuceos ideológicos? ¿Qué réditos obtuvo de haber sido invitada a participar de ese selecto grupo?
Y en el mismo campo, pero con otro ministro. ¿Cómo fue que el conflicto de Botnia le estalló en las narices al gobierno cuando ya nada quedaba por hacer para enfrentar la situación más que prohijar un irritante corte de rutas que envenena por igual a argentinos y uruguayos? ¿Qué estaba haciendo Rafael Bielsa entonces, aparte de firmar documentos y hacer declaraciones que luego se usarían en contra del reclamo argentino?
Y tomemos el caso de la educación. ¿Alguien recuerda el nombre del actual ministro de educación? Juan Carlos Tedesco ideó y piloteó la actual ley del sector, que entró en vigencia a principios de 2007 y que contempla entre otros buenos propósitos la escolaridad obligatoria hasta los 18 años y la universalización de la sala de cuatro años. Muy buena la ley, pero ¿se cumple?
Sólo en el gran Buenos Aires hay más de 400.000 jóvenes que no estudian ni trabajan, un tercio de los cuales dedica sus energías juveniles a quemarse la cabeza con el paco. ¿Qué está haciendo el señor Tedesco para que vayan a la escuela hasta los 18 años? Si la ley dice que la escolaridad es obligatoria, supongo que no se les habrá olvidado designar la autoridad de aplicación y las penas por incumplimiento.
Todos los años el comienzo de las clases se ve entorpecido por paros y reclamos salariales, en algunos casos desencadenados por el modelo impuesto por el Ministerio de Educación de la nación en las negociaciones con sus propios dependientes. ¿No puede hacer nada el ministro Tedesco para evitar este bochorno anual? ¿No tiene esto que ver con el cumplimiento de los 180 días de clase que prescribe su ley?
Y veamos lo que ocurre en defensa. A la ministra Nilda Garré la conocemos porque la conocemos desde hace tiempo. Como militante de Montoneros, como titular de uno o dos registros del automotor. Pero la política de defensa argentina es un enigma tan grande como la política exterior de su compañero de armas Taiana.
El año pasado Garré sostuvo que la misión de las fuerzas armadas era la defensa del medio ambiente, codiciado por los malvados de este mundo. Muy bien, es una idea. ¿Qué hizo para llevarla a la práctica? ¿Cuáles son los puntos estratégicos a defender? ¿Cómo se va a plantear esa defensa? Es más, ¿cómo se compatibliza esa política con el veto presidencial a la ley de glaciares? Como no hay reuniones de gabinete, Garré no encontró el lugar para resolver el dilema.
Mientras esas contradicciones, ciertamente teóricas, siguen en pie, la realidad de todos los días muestra algunas áreas donde el ministerio de defensa podría tener algo que decir: nuestras fronteras son un colador, nuestro espacio aéreo una zona liberada, nuestras aguas territoriales un patio de juegos para los depredadores de la pesca furtiva. ¿Se le ocurrió a Garré que tal vez habría que reforzar algunas guardias, comprar algunos radares, botar algunos barquitos?
No se si vale la pena seguir hablando del resto de los ministerios, porque la historia se repite en parecidos términos. ¿Qué hace el ministro Aníbal Fernández en materia de seguridad? ¿Qué hace la novísima ministra Débora Giorgi para asegurar la actividad del principal sector productivo argentino? ¿Cuál es la estrategia del ministro Carlos Fernández para enfrentar la crisis económica? ¿Qué hace el ministro Carlos Tomada para preservar el nivel de empleo en la emergencia?
En todas las carteras ocurre lo mismo: los acontecimientos toman por sorpresa a los responsables, y las respuestas llegan tarde, mal y nunca, pero eso sí a un costo mucho más elevado que el que hubiese demandado encarar los problemas a su debido tiempo. Y esto ocurre por la ineficacia del elenco ministerial, pero también por la desaprensión del ejecutivo.
El gobierno Kirchner decide por sí y para sí, y lo deja bien claro. Los ministros, en todo caso, son simples mandaderos de las decisiones de un ejecutivo que ha confundido la función de gobernar con la de acumular poder, hacia afuera a costa de sus rivales políticos, hacia adentro a costa de las instancias institucionales del país, llámense Congreso, gabinete ministerial, u organismos de control.
–Santiago González