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El ajuste asimétrico

No era “o”, era “y”. Meses discutiendo pavadas: shock o gradualismo. Al final fue shock y gradualismo. Shock para la población sobre la que se precipita una andanada de fuertísimas correcciones tarifarias y aumentos de precios, y gradualismo para la reducción del gasto del estado, fuente de toda inflación e injusticia. De la pesificación asimétrica de Eduardo Duhalde en el 2002, vinimos a caer, quince años más tarde, en el ajuste asimétrico de Mauricio Macri en el 2016. En resumidas cuentas, que las crisis, como siempre, las pagamos los ciudadanos de a pie, mientras que quienes las provocan –políticos y empresarios– se las ingenian quedar a resguardo, y aun sacar tajada. Y encima nos acusan de haber disfrutado de una fiesta a la que nadie fue invitado ni vio siquiera de lejos. Es cierto que durante años pagamos tarifas a precios subsidiados, pero también es cierto que pagamos la diferencia, con creces, por vía del impuesto inflacionario. Ahora vamos a pagar tarifas más o menos aproximadas a la realidad, y también el impuesto inflacionario, por lo menos hasta que el gobierno encuentre la manera de bajarlo. Allí es donde reside la asimetría, y lo único que se ha hecho hasta ahora para compensarla es la reducción del mínimo no imponible por ganancias, que beneficia a un sector limitado de personas. Más allá del despido de una cantidad de ñoquis introducidos a último momento en la plantilla del estado por la administración anterior, el nuevo gobierno nada ha hecho todavía para reducir o eliminar impuestos ni para reducir o eliminar la enorme cantidad de dependencias oficiales que no sirven absolutamente para nada (pongo como ejemplo la oficina contra la discriminación INADI o los registros del automotor; hay infinidad de agencias estatales igualmente inútiles, y gravosas, que se mantienen por inercia o porque son políticamente correctas.) A la gente, como siempre, se le pide paciencia y fe (“El que compraba diez vasos…”) en proporciones que seguramente nos convierten en la sociedad más religiosa del mundo. Proféticamente se nos anuncia la venida de los créditos que permitirán bajar la inflación, no se sabe bien cómo, y la venida de las inversiones que permitirán crear fuentes de trabajo y mejorar el salario, no se sabe bien cuándo. Como bien conocen los keynesianos de la conducción económica, en el largo plazo estamos todos muertos. En el corto plazo, en cambio, pululan los vivos: al margen de cualquier ajuste, los productores y comerciantes de artículos de primera necesidad aprovechan la confusión y aumentan los precios a su antojo, los bancos suben tasas y comisiones, y nuestra empresa petrolera aumenta la nafta que baja de precio en el resto del mundo.

–Santiago González