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Cuestiones filosóficas

Esta Argentina nuestra no deja de sorprendernos: cuando más escasean las ideas, más abundan los filósofos.

El fenómeno parece haber nacido con el siglo, o con la crisis del 2001. Sea como fuere, de un tiempo a esta parte, diarios y revistas, radios y canales de cable recogen las opiniones de numerosas personas que se describen a sí mismas como filósofos. Si bien esto me sorprende, casi diría me sobresalta, debo aclarar que no le encuentro nada de malo: no va a ser justamente alguien que se describe como periodista quien le va a cuestionar a otro el derecho a describirse como filósofo. O filósofa. Porque también he detectado una filósofa, rareza universal si las hay. El único inconveniente que encuentro es que quienes nos llamamos periodistas solemos hacer algo más o menos parecido al periodismo. Mientras que lo que hacen estos filósofos innumerables no se parece mucho a la filosofía. En tiempos más cautos, más recatados, en el siglo pasado sin ir más lejos, quienes hacían las cosas que ahora hacen los que se llaman filósofos eran conocidos como comentaristas o articulistas, y sólo cuando levantaban vuelo podían alcanzar la categoría de ensayistas, e incluso pensadores. Paralelamente existían los académicos de la filosofía: profesores o anotadores de la filosofía europea. Pero todos guardaban respetuosa distancia de la condición de filósofo, de la que ahora cualquiera se inviste sin el menor rubor. Parece como si la inflación se hubiese propagado desde la economía hacia todos los ámbitos de nuestra vida. Hay que desprenderse de muchos más pesos para comprar lo mismo que hace cincuenta años, hay que mostrar todo el cuerpo para provocar la reacción que un hombro descubierto causaba hace medio siglo. El periodismo solía ser anónimo (como todavía lo es en The Economist, por ejemplo) pero ahora aparecen firmadas hasta las noticias meteorológicas. La firma se devaluó y hay que sostenerla con algún epíteto, lo que explica la audacia de estos jóvenes charlistas. Para ganar la atención que antes merecía quien simplemente estampaba su nombre debajo de un artículo, optan por firmar Fulano de Tal, filósofo. Total, nadie tiene muy en claro qué es un filósofo.

De todos modos estemos atentos, porque en cualquier momento, aunque sólo sea por azar, uno de estos publicistas puede dar con la clave de nuestro problema principal, que no es el ser o el tiempo o la trascendencia, sino por qué demonios este bendito país no funciona. Algunos de ellos ya han tratado de hacerlo, pero las explicaciones que han propuesto me sonaron ajenas, viejas, e inútiles.

–SG