La crítica semana posterior a la encuesta compulsiva del domingo 11, que mostró al oficialismo abrumadoramente derrotado por sus predecesores kirchneristas, llegó a su fin y la crisis desatada en los mercados por los resultados del comicio parece haber dado un respiro, como si quisiera permitir que el presidente Mauricio Macri y su retador Alberto Fernández tomen debida conciencia de la profundidad del abismo al que la Argentina se asoma peligrosamente, cada vez un poco más inclinada hacia el vacío.
La crisis ha demostrado ser antes que nada un problema político, que envuelve por igual a Macri y a Fernández porque todavía los actores económicos no obtienen señales claras ni de uno ni de otro acerca de cómo piensan resolver los desafíos que tienen por delante; para decirlo más claro, cómo piensan afrontar las obligaciones financieras de un país con la economía paralizada e incapaz de generar divisas suficientes para solventarlas.
Macri y Fernández omiten hablar del tema porque hacerlo significaría anticipar definiciones ineludibles para quienquiera se haga cargo de este país quebrado a partir de diciembre, y porque los dos parecen privilegiar el cálculo electoral por sobre sus responsabilidades políticas, uno como presidente en ejercicio, el otro como probable presidente a partir de diciembre.
Macri tuvo dos apariciones públicas luego del domingo: la primera para echar la culpa de la crisis desatada a sus adversarios y a los votantes, la segunda para “poner plata en el bolsillo” de la gente y recuperar el afecto perdido. En las dos ocasiones se mostró como candidato, en ninguna de las dos como jefe de un estado en crisis. Al anticipar un gasto adicional de 40.000 millones de pesos en dádivas y correcciones impositivas que no sólo nada tienen que ver con la crisis sino que la agravan, dio a entender que la crisis lo tiene sin cuidado, o que en todo caso le importa menos que su reelección.
Fernández hizo el juego simétrico. En dos ocasiones reaccionó con petulancia cuando se lo interrogó sobre su disposición a conversar con el presidente, como si la crisis desatada fuera solo un problema del gobierno. En un punto al menos esa reacción estuvo justificada: “Macri dice que nosotros somos la causa del problema; él le dice a los mercados que somos una banda de locos”, rezongó. Según reveló el periodista Marcelo Bonelli en su columna semanal de Clarín, Fernández no se ahorró el reclamo cuando ambos finalmente conversaron pasado el mediodía del miércoles. La charla comenzó con recíprocos pases de factura, pero el tono mejoró luego, y resultó más productiva de lo que sus protagonistas dieron a entender posteriormente, por diferentes razones.
“Le di mi opinión sobre lo que estaba pasando y le di mi voluntad de ayudarlo. Pasa que sólo soy un candidato a presidente, no soy presidente electo”, se minimizó Fernández. “No tengo ni un diputado a quien decirle lo que tiene que hacer. La solución está en sus manos, no en las mías.” Lo que quería decir en realidad es que no estaba dispuesto a cargar, ni siquiera parcialmente, con el costo político de la debacle, como de algún modo Macri había reclamado en su discurso del lunes, sino, eventualmente, recoger los beneficios de mostrarse como el salvador. Pero, según el relato de Bonelli, había hecho más por su antagonista que lo que en un primer momento pudo parecer, empezando por desaconsejar el encuentro público que le pedía Macri: “Una foto conjunta te va a debilitar más a vos”, le dijo.
A cambio, exhortó al presidente a no despilfarrar las reservas, la principal preocupación del candidato desde que estalló la crisis. Macri le pidió entonces que le ayudara a parar la corrida, y obtuvo una respuesta casi inmediata. Esa misma tarde, luego de que el dólar cerrara a $63, el economista del Frente de Todos Emanuel Alvarez Agis afirmó en el escenario de la Bolsa de Comercio, y ante todo el establishment, que “el tipo de cambio real de $47 estaba bien y el de $60 es de recontra equilibrio de la balanza de pagos”. Y a la mañana siguiente, antes de que abrieran los mercados, el propio Fernández reiteró el concepto. Desde entonces, el dólar Alberto de $60 no hizo más que bajar: cerró a $59 el jueves y a $57 el viernes.
Ese modesto diálogo entre los dos candidatos mejor posicionados después de las primarias del 11 de agosto permitió terminar la semana en relativa calma. Pero la crisis está lejos de haber quedado resuelta: el país ni siquiera ha comenzado a absorber el impacto de una devaluación del 30 por ciento ocurrida en una economía en recesión y una sociedad con niveles intolerables de desocupación, pobreza e indigencia, y el gobierno ha respondido con un paquete de onerosos paliativos preelectorales que cesan después de las elecciones. Una larga fila de acreedores espera seguridades de que van a cobrar lo que se les debe, mientras los fondos buitre ya han comenzado a revolotear en círculos, listos para el arrebato y la rapiña.
Oficialismo y oposición tienen tanto por hacer antes de dar por superada la crisis que la propuesta de Roberto Lavagna, el tercer candidato más votado en las primarias, de suspender transitoriamente las actividades proselitistas parece francamente razonable. Al gobierno le cabe proceder de una vez a introducir los cambios en el gabinete que no quiso hacer hace dos años y cuya postegación le ocasionó esta derrota; el kirchnerismo necesita controlar a sus elementos más exaltados y mantenerse en el camino del diálogo y la colaboración; al peronismo de Lavagna le conviene insistir en su papel moderador y de gestor de consensos.
Más temprano que tarde, Macri y Fernández, Fernández y Macri, van a tener que volver a conversar, muy probablemente a través de sus técnicos y asesores, y después entre ellos, y enseguida hablar seriamente al país sobre sus compromisos a futuro. El primer objetivo de ese diálogo debería ser el de determinar la verdadera naturaleza de la crisis –¿un repudio generalizado contra el peso? ¿una maniobra especulativa? ¿una extorsión para obtener las tres famosas reformas estructurales? ¿todo a la vez?–, condición para darle una respuesta eficaz y calmar a los mercados.
Desde su condición de presidente en ejercicio uno, desde la de candidato favorito el otro, Macri y Fernández tendrán que examinar estas cuestiones, darles una respuesta en términos de política de estado, y sostenerla luego con claridad y firmeza. El politólogo Rosendo Fraga insiste en la necesidad de un compromiso escrito, firmado al menos por los principales candidatos, sobre el rumbo a seguir el materia de cumplimiento de las obligaciones. Cita como ejemplo a evitar la transición desordenada y precipitada de Alfonsín a Menem, y como ejemplo a imitar la de Fernando Henrique Cardoso a Lula en Brasil, en la que el propio Cardoso impulsó un documento semejante.
A esta altura, la posibilidad de semejante entendimiento parece remota, por la personalidad misma de los protagonistas y por los frentes que tienen a sus espaldas. Es cierto que Macri puede aligerar carga con la reforma de gabinete mientras que Fernández no está en condiciones en este momento de hacer lo mismo con su retaguardia recalcitrante. Pero si no logran mostrar coherencia y entendimiento de manera convincente, esa misma indefinición podría llevárselos puestos a los dos, inducir a la ciudadanía a pensar que ni uno ni otro están a la altura, y determinar que la resolución de la crisis, el restablecimiento de la confianza, encuentre otro nombre. De los laberintos, es sabido, se sale por arriba.
–Santiago González
* Actualizada el 16 de agosto para incluir informaciones y acontecimientos de la semana.