Si usted se informa a través de la prensa de Buenos Aires, probablemente no sepa quién es Shlomo Sand, profesor de historia de Europa en la universidad de Tel Aviv, y autor del libro “Cuándo y cómo se inventó el pueblo judío”, que estuvo unos cinco meses en la lista de los más vendidos en Israel y recibió este mes en Francia un premio de la prensa a trabajos históricos.
El libro de Sand cuestiona la piedra angular de la historia oficial sionista: asegura que nunca hubo un éxodo del pueblo judío, que los judíos dispersos por el mundo no son el legado errante de esa supuesta diáspora sino pueblos paganos de distinto origen convertidos al judaísmo, y que los auténticos herederos de los judíos primitivos son los actuales palestinos, convertidos al Islam.
Las urticantes afirmaciones de Sand desataron como era de esperarse animados debates en Israel, que se reprodujeron en Europa, particularmente en España, por razones que veremos, y en Francia, donde el libro fue publicado por Fayard, así como en el mundo anglosajón. Pero en Buenos Aires no hemos visto una sóla línea sobre el asunto. ¿Por qué?
Según Sand, no existen pruebas históricas del exilio forzoso del pueblo judío tras la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70. Dice que los romanos nunca practicaron en su imperio el desplazamiento o dispersión de pueblos enteros, y que en todo caso tampoco poseían la logística para hacerlo.
“La historia sionista tomó un mito cristiano del mártir Justino, que fue el primero que dijo, en el siglo III, que Dios había castigado a los judíos con el exilio porque no aceptaron a Jesús. Esa es la primera vez que se afirma que los judíos fueron deportados”, dice Sand. “Es cierto que los romanos no permitieron a los judíos que vivieran en Jerusalén, pero los cristianos crearon la fantasía de que no se les permitió vivir en toda Judea”.
Lo que sí se dispersó fue el judaísmo, al impulso de una vocación proselitista que más tarde heredaría el cristianismo con sus campañas evangelizadoras. Esto explicaría, según el historiador, la presencia de importantes comunidades judías en lugares tan distantes como Yemen, el Asia central y el norte de Africa.
Sand se pregunta sobre la importante presencia de judíos en España, el lugar de Europa más alejado de Palestina, y la explica por la conversión al judaísmo de las tribus bereber del norte africano. Recuerda a Dahia Kahina, una reina judía bereber que murió luchando contra el Islam en 694, y sugiere que fueron esas mismas tribus, algunas ya islamizadas, las que invadieron la península.
“El conquistador Tariq ibn Ziyad pertenecía a la tribu Nafusa, la misma tribu de la reina Kahina. Si en 711 Tariq ocupó un puesto tan destacado, es muy posible que en 694 fuera un soldado en el ejército judío de Kahina. No puede ser de otra manera. Con gran seguridad Tariq era un judío que se convirtió al Islam”, dice.
Otra comunidad ajena a Palestina que adoptó la religión judía fue el reino de los jázaros, en el Asia central. Según Sand, los jázaros fueron expulsados hacia Europa por los mongoles y constituyen el núcleo poblacional de los asquenazi, a quienes la historia oficial, sólo a partir de 1960, hace provenir de Alemania.
“No puede ser que los judíos de Polonia vengan de Alemania, porque en Alemania, en los siglos XII y XIII, apenas había unos cientos de judíos, y de ahí no se puede pasar de la noche a la mañana a tres millones de judíos en Polonia, es sencillamente imposible. Los judíos de Polonia, y de otros países de Europa oriental, sólo pueden venir de los jázaros”, afirma.
Los jázaros eran un pueblo seminómada de origen turco que se convirtió al judaísmo en el siglo VII. Hace poco, arqueólogos rusos encontraron los restos de Itil, capital de su extenso imperio. Las invasiones mongolas los empujaron hacia el oeste, y mezclados con los eslavos dieron origen a la cultura idish, que hoy identifica a la mayoría de los judíos del mundo.
Ahora bien, si no hubo exilio, si lo que hubo en realidad fue una expansión de la religión judaica que hizo arraigo en pueblos tan distantes y tan disímiles entre sí, la pregunta que se plantea Sand a continuación es qué ocurrió con los judíos originales, los campesinos que poblaban Palestina y eran tan poco propensos a abandonar sus tierras en busca de otros horizontes.
“Hay muchos historiadores israelíes, incluidos Yitzhak ben Zvi, el segundo presidente de Israel, o David ben Gurion, que hasta 1929 afirman que los palestinos árabes son los verdaderos descendientes de los judíos. Esta tesis que sostuvieron los mayores sionistas se murió en 1929”, señala el historiador. “Decir esto hoy es causa de escándalo”.
Shlomo Sand sostiene que la historia oficial del pueblo judío, tal como la postula el sionismo, es un mito creado en Europa central en el siglo XIX, al calor de los movimientos nacionalistas europeos, cada uno de ellos ocupado en crear su propia mitología. En una entrevista publicada en España, el historiador lo explica así:
“Es necesario comprender que hay dos versiones del nacionalismo, una del río Rin hacia occidente y otra del Rin hacia oriente. En todas partes se inicia el nacionalismo como un fenómeno racista etnocéntrico, pero en occidente deriva hacia un movimiento político civil. En cambio, al oriente del Rin prevalece su carácter etnocéntrico. En las dos partes hay racismo.
“En Francia, si tienes la nacionalidad francesa eres francés, gracias a los valores republicanos. Pero en Alemania, incluso aunque tengas la nacionalidad no eres necesariamente alemán. En Polonia, desde 1919, si no eres católico no eres polaco. El sionismo nació entre Alemania y Polonia y por eso recibió una forma medio alemana y medio polaca.
“Mi tesis es que el sionismo asumió los componentes etno-religiosos de los polacos y etno-biológicos de los alemanes y creó una especie de nacionalismo cerrado, que no es político ni civil como fueron los nacionalismos occidentales. Al día de hoy el sionismo conserva su carácter etno-religioso y creo que eso destruirá el estado de Israel”.
Esta breve reseña alcanza, creo, para que el lector se forme una idea acerca de las tesis fundamentales contenidas en el polémico trabajo de este historiador israelí. Pero no es el propósito de esta nota apoyarlas ni cuestionarlas, ni entrar en un debate. Como argentino, la historia de los judíos me es tan ajena como la de los zulúes o la de los aztecas.
Lo que motiva esta nota es el hecho de que un trabajo tan sugestivo, y tan seriamente respaldado por los títulos académicos de Sand, quien hasta el momento, que sepamos, no ha perdido su cátedra en la Universidad de Tel Aviv, no haya sido recogido por las habitualmente bien informadas páginas de nuestros diarios, o al menos de sus suplementos culturales.
Ni en los principales diarios de Buenos Aires, ni en sus revistas Ñ (Clarín) o ADN (La Nación) pude encontrar la más mínima noticia sobre el libro de Sand. Sin embargo, por experiencia profesional, puedo asegurar que el dato llegó a los escritorios de sus editores. Incluso más, la única referencia local publicada la encontré en Le Monde Diplomatique, que esos editores leen.
Alguien podría tomar mis propios argumentos y decir que para esos editores el tema resultó tan ajeno que no les pareció merecedor de espacio en sus publicaciones. Pero ocurre que son esos mismos editores los que a diario se ocupan de la problemática judía, abrumando con páginas y páginas sobre los crímenes nazis, y columnas y columnas sobre el antisemitismo.
Cuando un aporte tan revolucionario sobre esa problemática como el que ofrece el historiador Sand resulta escamoteado, sólo es posible concluir que la información que se nos ofrece está siendo manipulada en una dirección. Para decirlo claramente, en la dirección funcional a las tesis del sionismo.
–Santiago González