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El cambio se demora

El año pasado los ciudadanos se declararon mayoritariamente dispuestos a cambiar las cosas en la Argentina. Empezaron por donde debían empezar: cambiando ellos mismos. Renunciaron a sus antiguas lealtades y apostaron por algo nuevo. Y lo hicieron a conciencia: sabían que les esperaban rigores y sacrificios, y no protestaron cuando los rigores y los sacrificios se hicieron presentes con su rostro desagradable. Habían cambiado, habían votado por una coalición llamada Cambiemos, y esperaban el cambio. Seis meses después, esas expectativas comienzan a flaquear. Ciertamente hay un cambio respecto del gobierno anterior, tan malo, tan inepto, tan corrupto, tan mentiroso que sería difícil para cualquiera igualarlo o superarlo en esas cualidades. Pero el cambio que el país esperaba se demora. Y las mañas de la vieja política lentamente van reapareciendo.

El cambio se demora en la ciudad capital, donde las advertencias contra el otorgamiento de un tercer mandato al PRO, especialmente con la candidatura de Horacio Rodríguez Larreta, parecen confirmarse. Antes de las elecciones porteñas, este sitio dijo que la insistencia del PRO en sostener su figura frente a Gabriela Michetti apuntaba a garantizar la continuidad de los negocios conjuntos del oficialismo y el kirchnerismo en la ciudad. Los seis meses de Larreta han estado saturados de denuncias en este sentido, particularmente relacionadas con la disposición de bienes públicos en beneficio de sectores privados, y las componendas sospechosas como las selladas con el gremio de los porteros. Tampoco se vio un cambio en el episodio de Time Warp, de naturaleza más grave que el de Cromagnon, pero en el que las responsabilidades políticas parecen destinadas a disolverse con la misma ligereza que entonces.

El cambio se demora también en la Nación, donde el principal proyecto enviado por el ejecutivo al Congreso, el relacionado con el pago de las deudas previsionales y la moratoria impositiva, puede leerse como un extenso, meditado homenaje a la vieja política, muy noble en sus propósitos formales pero lleno de trampas y engañifas que van saliendo a la luz a medida que los observadores leen con atención sus cien páginas tamaño oficio, equivalentes a dos o tres veces la Constitución de 1853. Por lo pronto, los dos temas nada tienen que ver uno con otro, y el hecho de aparecer juntos en un mismo proyecto de ley sólo se explica por la voluntad de confundir y enredar, para que no se entienda bien o se pase por alto o se justifique que su articulado, por ejemplo, abra la puerta a la enajenación de las acciones de la ANSES (sobre las que muchos “capitales de riesgo” ya han puesto su mirada golosa), y cierre la puerta bajo severas penas a la divulgación periodística de las declaraciones patrimoniales. Del mismo modo, la imposición de sanciones “morales” a la repatriación de capitales, en términos de nuevas confiscaciones tributarias a quienes lograron poner sus dineros a salvo de antiguas exacciones, es lo mismo que una absolución ética de quienes en el pasado echaron mano sin escrúpulos de los ahorros privados. Pero, ¿quién se va a atrever a alzar la voz en defensa de los “codiciosos evasores” cuando las nuevas gabelas que se les imponen irán a solventar las deudas del Estado con “nuestros queridos abuelos”? (Deudas contraídas por otra parte por los mismos corruptos cuya voracidad obligó a la gente a poner a salvo sus ahorros en el exterior.)

Cualquier pueblo está dispuesto a hacer sacrificios si advierte que sirven para algo y que se los distribuye con equidad. Las encuestas dicen que la imagen del gobierno sigue siendo alta, pero en las conversaciones cotidianas comienza a insinuarse la inquietud. Los resabios de la vieja política parecen reverdecer como la maleza después de la lluvia. No es la inflación ni las tarifas ni la parálisis económica lo que está enfriando el humor social aunque, como las sociedades offshore, los dineros en el exterior y los fideicomisos, contribuyan en alguna medida a bajarle la temperatura, sino más bien la imposibilidad de percibir inequívocamente que se está haciendo política de otro modo. El cambio se demora en el gobierno de la ciudad, el cambio se demora en el gobierno federal. De las provincias este sitio carece de información ponderada,  pero la prolongada, difícilmente justificable prisión de Milagro Sala en Jujuy, por ejemplo, indica que el cambio también se demora en otros lugares. Con infinita hipocresía, el kirchnerismo le enrostra estas cosas al gobierno que vino a recomponer sus destrozos, y trata de convencernos de que todos son lo mismo. Pero todos no son lo mismo, y el cambio puede, finalmente, llegar. Donde el cambio no pareció demorarse, por ejemplo, es en Buenos Aires, cuya gobernadora María Eugenia Vidal, corajudamente empeñada en ponerle la montura al distrito más cerril del país, exhibe lo que probablemente sea la gestión más cercana a las expectativas del electorado. Y le marca el rumbo al resto.

–Santiago González