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Los bárbaros están a las puertas

Enfrascados como estamos en nuestras miserias cotidianas, historietas de malhechores de poca monta, tendemos a perder de vista el escenario más amplio en el que se desenvuelven nuestras pequeñas anécdotas: los yuyos nos impiden ver el bosque, y de vez en cuando convendría que levantáramos un poco la vista, como para saber dónde estamos. “El mundo ha cambiado ya mucho más de lo que creíamos, y la decadencia de Occidente, tantas veces pronosticada en la historia por intelectuales sibilinos y amantes de las catástrofes, ha pasado por fin a ser una realidad de nuestros días. ¿Decadencia en qué sentido? Ante todo, en el papel director, de avanzada, que tuvieron Europa y Estados Unidos en el pasado mediato e inmediato, para muchas cosas buenas y algunas malas. La dinámica de la historia ya no sólo nace allí, sino también en otras regiones y países que, poco a poco, van imponiendo sus modelos, usos, métodos, al resto del mundo. Esta descentralización de la hegemonía política no estaría mal si, como creía Francis Fukuyama luego de la caída del Muro de Berlín, la democracia liberal se expandiera por todo el planeta erradicando la tradición autoritaria para siempre. Por desgracia no ha sido así, sino más bien al revés. Nuevas formas de autoritarismo, como los representados por la Rusia y China de nuestros días, han sustituido a las antiguas, y es más bien la democracia la que empieza a retroceder y a encogerse por doquier, debilitada por los caballos de Troya que han comenzado a infiltrarse en las que creíamos ciudadelas de la libertad.” Esto lo escribió Mario Vargas Llosa en sorprendente coincidencia temporal y conceptual con alguien que no transita por sus mismas veredas ideológicas: “España y la Argentina son parte de un sistema que se está yendo al carajo. Se está terminando porque todos los imperios se terminan. Y esto se está acabando. No me enfurece la decadencia, porque es inevitable. Y, además, hay los suficientes libros de historia como para comprender que son las reglas: hay que asumir que esto es así. Pero me enfurece la estupidez. Me enfurece la ceguera. Me enfurece que, habiendo libros de historia que explican lo que está ocurriendo, ningún político, ningún periodista, ningún escritor –bueno, es una generalidad: muy pocos de ellos– acudan a esas fuentes para comprender. Me enfurece ver cuando un cretino dice: ‘Ahora estamos abriendo el paso a un mundo nuevo’. Pero, ¿qué dices, idiota? El mundo nuevo que viene no es el que tú crees: vienen los chinos, con su esclavitud laboral; viene el islam, con su fanatismo. Eso es lo que viene. El Occidente de Aristóteles, de Platón, de Erasmo de Rotterdam, de los derechos humanos, de la Enciclopedia… ¡Se ha ido al carajo! Se acabó. Entonces, piensan que por salvar a las focas, a las ballenas y por hacer una colecta o una conferencia sobre de qué va a ser la literatura del próximo milenio, con eso creen que han abierto caminos nuevos. Son tan idiotas, tan soberbios, tan arrogantemente estúpidos…”, dijo Arturo Pérez-Reverte en un reciente reportaje en Buenos Aires. Al parecer desde Europa las cosas se ven con otra perspectiva: los bárbaros están a las puertas, si tenemos suerte tal vez haya otra Edad Media, y oscuros monjes que custodien entretanto en discos rígidos la memoria de Occidente; si tenemos suerte tal vez haya un segundo Renacimiento. –S.G.