Por Bernardino Montejano *
Hoy 4 de julio la Iglesia celebra a una mujer extraordinaria, Santa Isabel de Portugal, la cual en su madurez tuvo, sin nada de poder, una inmensa autoridad, ganada durante una vida de sacrificios y de servicios a su familia y a su patria adoptiva, pues era aragonesa. Sin armas y montada en una mula, frente a los ejércitos desplegados, evitó la guerra civil.
Su vida fue una imitación de Cristo, quien nunca tuvo poder, pero que, desde su adolescencia, como recuerdan mucho tiempo después Nicodemo y José de Arimatea, hablaba con una peculiar autoridad. Incluso en los Evangelios se compara la autoridad de su palabra, con la falta de ella en escribas y fariseos.
El poder es necesario en toda sociedad humana, pero no debemos confundirlo con la autoridad, porque muchas veces, existe un poder divorciado de la autoridad, un poder sin honor, un poder arbitrario y sin razones. El rey de El Principito, viejo y experto, más allá de sus extravagancias parte de una gran verdad: el gobierno político es tarea de la inteligencia, la autoridad reposa en la razón.
Para convencer a su potencial discípulo ilustra el tema con dos ejemplos didácticos de órdenes de cumplimiento imposible: “Si ordeno a un general transformarse en pájaro marino y no me obedece, no será culpa del general, sino mi culpa” y “Si ordeno a un general volar de una flor a otra a la manera de una mariposa, o escribir una tragedia, o transformarse en pájaro marino, y si el general no ejecuta la orden recibida ¿quién, él o yo, estará en el error? Vos, respondió con firmeza el Principito”.
Esta es una lección universal para todo gobernante, civil o eclesiástico, acerca de la cual sería bueno que reflexionaran muchos de nuestro tiempo que nos agobian con normas absurdas, a veces confusas, otras contradictorias y olvidan la importancia que tienen, para mover a la obediencia, las conductas austeras, las razones y la ejemplaridad de quienes mandan.
Y como si no bastara, el rey insiste con un tercer ejemplo: hay que exigir a cada uno lo que puede hacer, exigir y dar a cada uno según sus capacidades; es lo razonable y un mandato imprudente, irracional, puede generar un gran desorden, ya que “si ordenas a tu pueblo ir y arrojarse al mar, hará una revolución. Tengo derecho a exigir la obediencia si mis órdenes son razonables”.
El derecho a exigir del gobernante se funda en el recto ejercicio del deber de mandar. Su legitimidad más importante es la de ejercicio, porque el primer derecho del pueblo es a ser bien gobernado.
El Principito añora las puestas de sol de su asteroide y le pide al rey que ordene al sol que se ponga. Pero, como se debe actuar con circunspección, hay que tener en cuenta las circunstancias: “Tu puesta de sol la tendrás. La exigiré. Pero esperaré, con mi ciencia de gobernante, a que las condiciones sean favorables. Entonces, consulta un grueso calendario y determina que ese día el sol se ponga a las siete horas y cuarenta minutos de la tarde: Tú verás cómo seré obedecido”.
Porque las leyes tienen que ser honestas, justas, conforme a la naturaleza y a las costumbres patrias, ajustadas al lugar y al tiempo, posibles, útiles, claras y promulgadas no para el bien particular, sino para el bien común de los ciudadanos, como enseña en sus Etimologías, San Isidoro de Sevilla.
El poder y la autoridad muchas veces están disociados. El poder político del tirano, el poder económico del explotador, el poder gremial de quien se aprovecha de sus representados, el poder académico en ciertas universidades que no sirven a sus estudiantes obligándolos a estudiar sino que venden los títulos, el poder corporativo en ciertos grupos sociales que se marginan de su ordenamiento al bien común político, son poderes sin autoridad moral, son poderes sin honor.
Porque el honor, en sentido estricto, es una manifestación social de la virtud. En un libro precioso, Alfonso García Valdecasas, uno de los fundadores de la Falange Española -los otros dos fueron Primo de Rivera y el aviador Ruiz de Alda- titulado El hidalgo y el honor (Revista de Occidente, Madrid, 1947), se ocupa del tema. Allí nos habla de la figura del hidalgo, cuya superioridad social “se fundaba en su vida ejemplar, en su valor y en sus virtudes, no en la posesión de bienes económicos” (p. 1).
“¿Qué es noble y nobleza? pregunta el Victorial, y responde: Que haya el corazón ordenado de virtudes. El buen caballero conviene que sea cauto y prudente, que sea justo judicante, que sea atemperado y mensurado, fuerte y esforzado, que tenga fe en Dios y esperanza de su gloria y que tendrá galardón por el bien que hiciere y que tenga caridad y buen amor a las gentes” (p. 11).
Lope de Vega en El caballero de Illescas resume en cuatro versos la tradición hispánica acerca del tema de la pretendida superioridad por la sangre:
La nobleza es la virtud;
todos nacimos de un padre,
es la tierra común madre
de la cuna al ataúd.
Cada cual es hijo de sus obras, dice Don Quijote y Lope de Vega, en El palacio confuso, con un pasaje bellísimo parece saltar más allá de la doctrina común:
Hijos de sus obras son
los hombres más principales,
y con ser mis obras tales,
hoy no quiero ese blasón.
Hijo de mis pensamientos,
soy agora y noble tanto,
que hasta los cielos levanto
máquinas sobre los vientos.
Todo esto es parte de una herencia preciosa, es un patrimonio tan nuestro como de los españoles peninsulares. Dios quiere que un día, en lo civil y en lo eclesiástico, vuelva a estar vigente entre nosotros.
* Presidente del Instituto de Filosofía del Colegio de Escribanos y del Instituto de Filosofía Práctica.