Domingo Cavallo fue absuelto en la causa que se le seguía por su papel en el programa de reestructuración de deuda conocido como Megacanje. El fallo alegró a la minoría de quienes lo aprecian y respetan, y obviamente al propio Cavallo, y encendió las iras de muchos anticavallistas, incluso de varios que suelen acusar a la justicia de fallar siempre según las pautas ideológicas gubernamentales. Demás está decirlo, el kirchnerismo se ubica en las antípodas de las ideas de Cavallo, y la propia presidente lo ha fustigado en sus discursos. No me interesa particularmente defender aquí a Cavallo, y en todo caso no estaría en condiciones técnicas de hacerlo. Por otra parte, en sus libros y en su artículos, el ex ministro se ha defendido, creo, razonablemente bien. Me interesa en cambio explorar el anticavallismo, ese fenómeno que lo ha convertido en una de las figuras públicas más resistidas del país. El anticavallismo es punto de encuentro de opiniones procedentes de los sectores más dispares, cada uno de los cuales guarda antiguos resentimientos contra el ex ministro. Lo que no se le perdona a Cavallo es haber demostrado la virtud de una moneda estable, haber puesto en evidencia que una moneda estable exige disciplina fiscal al sector público, y disciplina administrativa al sector privado, haberle permitido experimentar a la gente común que sólo una moneda estable protege el valor de su salario y de sus ahorros.
En primer lugar, por su vasta difusión en los medios, está el anticavallismo de los progresistas, ése que supieron encender desde el arranque de la convertibilidad el periodista Jorge Lanata y sus acólitos. Los progresistas reaccionan visceralmente contra cualquier cosa que sugiera que el capitalismo funciona, están casi obligados a reaccionar así. El alivio que trajo la estabilidad monetaria luego de las hiperinflaciones alfonsinistas, la comprobación del valor genuino y persistente del salario, el renacimiento consiguiente de la opción de ahorrar, y con ella de pensar en el futuro, fueron experiencias casi inéditas y alentadoras para una población educada en el estatismo por los populistas, los progresistas y los prebendarios.
Justamente los capitalistas prebendarios constituyen el otro grupo importante de encarnizados anticavallistas. Los capitalistas prebendarios solo pueden subsistir en contextos de economías cerradas (sin competencia) e inflacionarias: la inflación les permite licuar mes a mes su ineficiencia (incluso en una economía cerrada) y esmerilar mes a mes el valor de los salarios que pagan. (No son sin embargo los únicos que históricamente han reclamado devaluaciones, para que salarios deprimidos les brinden una “competitividad” que no son capaces de lograr por medios genuinos.) Digamos de paso que los capitalistas prebendarios suelen apoyar publicitariamente al periodismo progresista para que promueva las virtudes de la economía dirigida y ataque cualquier intento de sanearla y liberalizarla.
A diferencia de otros que intentaron hacerlo en el pasado, Cavallo no estaba ligado a intereses determinados, lo que lo volvía incontrolable y peligroso. Entre los progresistas, los populistas y los prebendarios se encargaron entonces de demonizar a Cavallo en los medios, borrar su ejemplo de la cabeza de la gente, hacerle creer que lo que había vivido y experimentado no era cierto, alentar la falacia de que había sido una “locura” sostener que un peso podía valer lo mismo que un dólar, e identificar con toda malicia el “corralito” que Cavallo impuso en las últimas semanas del 2001 con la confiscación de depósitos ordenada tras el golpe de estado contra Fernando de la Rúa.
Esa táctica de atribuirle cosas hechas por otros fue sistemática: se le atribuyó haber estatizado la deuda privada durante su paso por el Banco Central, cuando esa estatización fue dispuesta mediante unas resoluciones de su sucesor Julio González del Solar, del que nadie se acuerda. Se le atribuyó el fracaso de la convertibilidad, omitiendo que Cavallo fue despedido por Menem porque el ministro no permitía volver a las andadas con el gasto público, cosa que el presidente y los gobernadores necesitaban para financiar sus ambiciones reeleccionistas. El que aflojó las riendas (las riendas del gasto, y no las de la convertibilidad, que debió flexibilizar a tiempo) fue su sucesor Roque Fernández, del que nadie se acuerda.
Hay un tercer sector de anticavallistas, menos numeroso, menos ostensible, pero no menos influyente, y es el que reúne a los economistas que se ganan la vida asesorando a empresas. Estos asesores prosperan, y mucho, en los períodos de incertidumbre porque los empresarios pagan cualquier cosa a quien les ayude a manejar su dinero con cuidado. Al contrario, los períodos de calma y orden como los que aseguró la convertibilidad son para ellos períodos de sequía.
–Santiago González