Disciplinados

La reacción de los partidos políticos, las cámaras empresariales y la prensa ante la decisión del gobierno Kirchner de expropiar de manera brutal y dudosamente legal el 51 por ciento de las acciones de YPF en poder del grupo español Repsol ha puesto una vez más en evidencia la crisis dirigencial en la que está sumida la Argentina. A la ostensible falta de convicción republicana se suma una cobardía cívica asombrosa, que allana el terreno a los aventureros de toda especie y los alienta en sus audacias. La llamada oposición política, en su gran mayoría de matriz ideológica populista-progresista, se encolumnó rápidamente detrás del partido gobernante, culpable de los últimos ocho años de política energética equivocada, y responsable del gran error estratégico de haber vendido YPF a Repsol en 1999. Radicales, socialistas y partidos de izquierda adelantaron su respaldo al proyecto en el Congreso, con algunos reparos menores. El PRO, centroderechista, se manifestó en contra, pero su líder Mauricio Macri, se sintió obligado a aclarar que si llegara a la presidencia no volvería a privatizar la petrolera. La posición de quien pretende ser una alternativa de gobierno se volvió así chirle y oportunista: no quiso oponerse frontalmente a una decisión que cuenta con el respaldo mayoritario de la opinión pública. Elisa Carrió, una vez más, demostró que las convicciones pesan para ella más que las encuestas: coherente con las denuncias que viene realizando por lo menos desde el 2006, afirmó que Repsol vació YPF y que ese vaciamiento sólo pudo ser posible con la complicidad del gobierno, por lo que decidió presentar en el Congreso un proyecto propio para sancionar a los responsables, “unos por vaciamiento y otros por traición a la patria”. Probablemente los representantes de la Coalición Cívica respaldarán la iniciativa de su fundadora, o se abstendrán como María Eugenia Estenssoro, que escribió una elocuente carta a la presidente explicando su posición. Patricia Bullrich (Unión por Todos) y algunos peronistas disidentes anticiparon su voto negativo. En el terreno de los medios de comunicación, el único rechazo preciso, contundente y sostenido ha sido el del diario La Nación, que invariablemente describió el decreto presidencial como una confiscación, y lo fustigó en editoriales y notas de opinión desde todos los ángulos posibles, incluso suscribiendo sin demasiado examen los argumentos de Repsol. La prensa oficialista, por supuesto, hizo exactamente lo contrario, y del mismo modo suscribió sin crítica los argumentos del gobierno. Las entidades empresarias, por su lado, han optado por un vergonzoso, inexplicable silencio. Excepto el titular de la Sociedad Rural Argentina y el presidente de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa, que hablaron a título personal para decir que “las formas no fueron las correctas”, ni la Unión Industrial, ni la Cámara de Comercio, ni la Bolsa, ni las entidades bancarias, ni la Asociación Empresaria Argentina, ni siquiera las más directamente involucradas como la Cámara de la Industria del Petróleo o la Cámara de Energía de la República Argentina han dicho esta boca es mía ante una decisión que pareció atacar principios habitualmente defendidos por ellas, como el derecho de propiedad, la seguridad jurídica, y el respeto de los contratos. Pareciera como si el ensueño de contar en el futuro con energía subsidiada los hubiese dejado mudos. En síntesis, la decisión presidencial sobre la empresa petrolera, lindante con la ilegalidad, motivada en necesidades de caja, orientada a encubrir el fracaso de su propia política energética y sin un norte claro, sólo encontró un rechazo institucional franco y sin vueltas en un diario y en dos pequeños partidos, y ni siquiera por las mismas razones. El resto marcha perfectamente disciplinado.

S.G.

Kicillof y Rajoy: sentido común

La decisión del gobierno de expropiar las acciones de Repsol y colocar a YPF bajo el control del estado ha generado un debate mayormente aburrido y prescindible. Los liberales invocan a Adam Smith para condenar y los progresistas a Carlos Marx (o a ese Keynes de consumo privado que se inventaron) para aplaudir. Los defensores de una YPF estatal deben asimilar dos datos de la realidad: la empresa tuvo su mejor momento bajo la gestión de José Estenssoro, luego de su privatización, y conoció la infamia bajo la gestión estatal del general Guillermo Suárez Mason, su primer vaciador, que la llevó al libro Guinness como la primera petrolera del mundo en registrar pérdidas. Quienes abogan por una YPF privada, deben digerir otros dos datos: YPF nació estatal (como muchas otras empresas estatales) porque no hubo (ni entonces ni ahora) capitales privados argentinos dispuestos a la inversión de riesgo, y conoció el segundo peor momento de su historia bajo la gestión privada del grupo español Repsol. Planteado en estos términos el debate es altamente ideológico y escasamente práctico. Las pocas muestras de sentido común que encontré provinieron de las fuentes más inesperadas: Mariano Rajoy (liberal) y Axel Kicillof (estatista). El presidente español dijo en el 2008, cuando la empresa rusa Lukoil pretendía adquirir Repsol: “Nuestro petróleo, nuestro gas y nuestra energía no se pueden poner en manos de una empresa rusa porque eso nos convertiría en un país de quinta división”. Obviamente, Rajoy pensaba que la Argentina que había cedido dócilmente a las zalamerías del rey cazador y le había entregado el control de YPF a Repsol era un país de quinta. Ahora seguramente nos debe tener en mayor estima. Kicillof, por su lado, también exhibió apreciables dosis de sentido común en su exposición ante el Senado, que la prensa no le ha reconocido debidamente. El viceministro de economía en ningún momento culpó a Repsol de mala praxis corporativa, todo lo contrario: mostró cómo el comportamiento del grupo había respondido en todo momento a la lógica empresaria de llevar sus ganancias al máximo. Y al mismo tiempo mostró cómo esa lógica era incompatible con las necesidades de energía de un país que había venido creciendo a altas tasas en los últimos años. “Una cosa es pensar que el petróleo es un recurso a extraer y a exportar al exterior, y otra cosa distinta es pensar que ese recurso se convierte en estratégico porque se transforma en un resorte y un elemento central del crecimiento”, dijo. Efectivamente, un recurso energético clave como es el petróleo es un instrumento de política económica, que un gobierno puede y debe usar con la misma libertad (y la misma prudencia) con que administra por ejemplo su moneda: esto es lo que preocupaba al Rajoy del 2008. La Argentina es un país con petróleo, no un país petrolero, y sería absurdo que pensara en el petróleo y el gas como productos exportables, y fijara sus precios internos no en relación con el costo de producción sino con los que decide la especulación internacional. Esto es lo que dijo Kicillof, poniendo en evidencia que en el matrimonio entre Repsol y Argentina, pese a su real celestino, hubo desde un principio incompatibilidades irreconciliables, de las cuales las dos partes, o ninguna, son culpables. El funcionario acusó, sí, a Repsol, de manipular las reservas de gas y petróleo para forzar al gobierno a pagar los precios internacionales. La expropiación puso fin entonces a una situación ilógica e insostenible, pero lo hizo innecesariamente a las trompadas con España, violando contratos y normas locales e internacionales, sin una política energética amplia que enmarque esta decisión y le de sentido, y con un historial de maniobras oscuras con los gerentes españoles que obligará a los legisladores que la consientan con su voto a extremar la vigilancia sobre las negociaciones que se entablen desde ahora con terceros.

S.G.

La caja y La Caixa

Al anunciar el proyecto de expropiación de YPF, la presidente Cristina Kirchner afirmó que se hacía cargo de sus cosas. Habló de “recuperación de soberanía” pero no se hizo cargo de cuando ella como legisladora y su esposo como gobernador de Santa Cruz apoyaron la privatización de la empresa en 1992, y convalidaron su venta en 1998 al grupo español Repsol. Habló de terminar con “esta política de vaciamiento” pero no se hizo cargo de que el vaciamiento de la compañía administrada por Repsol se produjera durante su propio gobierno y el de su esposo. La retórica nacionalista y reivindicativa del mensaje presidencial careció así de toda credibilidad. Ni en 1992 ni ahora, las actitudes de los Kirchner han respondido a principios políticos o ideológicos, sino a sus necesidades de caja. Este año la Argentina necesita importar hidrocarburos por 15.000 millones de dólares para seguir funcionando: la plata va a salir de YPF, y Repsol va a ser públicamente el chivo expiatorio de una política energética que dejó al país prácticamente sin reservas. Es cierto que Repsol no cumplió con sus compromisos en materia de exploración: las reservas de la compañía cayeron en casi un 60 por ciento desde su llegada al país. En verdad, la empresa española nunca demostró interés por la inversión de riesgo en la Argentina; se limitó a explotar los pozos existentes hasta el agotamiento, y a apoderarse del negocio de las estaciones de servicio, todo lo cual le aseguraba una rentabilidad inmediata. La inversión la realiza en otras partes del mundo, donde la extracción es mucho más sencilla que en la Argentina, y la rentabilidad es mayor. Pero es culpa del estado argentino no haber exigido el cumplimiento de los contratos de concesión, ni haber vigilado la extracción real de gas y petróleo, limitándose a tomar nota de lo que Repsol declaraba haber extraído. Por qué el estado no aplicó esos controles es algo que sólo se explica por la particular colusión de intereses entre Repsol y los Kirchner, que bien puede seguir operando incluso en estas horas. Había recursos legales para enderezar la conducta de la empresa española sin necesidad de llegar al ejercicio brutal de la expropiación, de la cual, a la larga, la principal beneficiada será Repsol. Por lo menos desde 2009, y a instancias de La Caixa, uno de sus principales accionistas, buscaba la manera de irse de la Argentina. Ahora está segura de que sus acciones le serán pagadas a buen precio, mucho mejor que el que habría obtenido si se hubiese retirado voluntariamente porque ha logrado colocarse en el lugar de víctima. Si el caso de Aerolíneas, harto similar a éste, sirve de ejemplo, a los argentinos este ejercicio nos va a costar caro, también en términos de imagen internacional. Al mundo no le gusta la gente que rompe los contratos, y Madrid va a recibir múltiples apoyos europeos e internacionales. Pero al gobierno y a la mayoría de la clase política argentina eso no parece preocuparle. Van a respaldar el proyecto de expropiación en el Congreso porque les encantan los arrestos desafiantes: “Si quieren venir, que vengan: les presentaremos batalla”. Total, el costo nunca lo pagan ellos.

S.G.

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