La salud de los enfermos

El 2012 asoma signado por la enfermedad: por un lado la enfermedad de la presidente, con un diagnóstico preciso, buenos médicos para enfrentarla y buen pronóstico; por el otro la enfermedad de la nación gobernada por ella, con la que ocurre todo lo contrario. La enfermedad personal ha captado la atención del país, la enfermedad social no parece preocupar a nadie.

Con su voto, los argentinos confirieron en octubre la suma del poder público a Cristina Fernández y pulverizaron a sus opositores. Nunca nadie concentró tanto poder en la historia de la Argentina moderna como esta presidente. Y no sólo por el caudal electoral que cosechó, sino también por la desintegración del sistema republicano de equilibrios y controles.

El Poder Legislativo se ha convertido desde diciembre en una mera escribanía del Ejecutivo (y el recién estrenado presidente de la cámara baja Julián Domínguez se declaró orgulloso de que así fuese), y el Poder Judicial ha demostrado ser complaciente o impotente: el gobierno reiterada y descaradamente ignora los mandatos de la Corte Suprema de Justicia, nada menos.
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Fortaleza y debilidad

Pocas veces la presidente ocupó la tribuna con tanta energía como en estos días previos a la asunción de su segundo mandato, casi siempre para terciar o hacer oir su voz en uno u otro de los conflictos que estallan ante el agotamiento del “modelo” económico implantado por Néstor Kirchner cuando se desprendió de Roberto Lavagna. Pocas veces fue tan evidente el raro equilibrio en que se encuentra: fortaleza emanada del contundente respaldo que obtuvo en las urnas, debilidad resultante de la incompetencia manifiesta de sus colaboradores (dólar, subsidios, Aerolíneas, por citar ejemplos recientes). La presidente está sola y, a menos que se produzcan sorpresas hasta ahora improbables en la renovación del gabinete, sola va a encarar los años más difíciles, en lo interno y en lo externo, que se le hayan presentado al kirchnerismo desde su inauguración en el 2003. Todavía más sola por la implosión del arco opositor, incapaz de acompañar con críticas, vigilancia o sugerencias, la acción de gobierno. Sola en un país brutal.

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¿Quién subsidia a quién?

Todos los argentinos aportamos por lo menos un 40 por ciento de nuestros ingresos para el sostenimiento del estado nacional: un 20 por ciento en retenciones e impuestos varios a los ingresos en sí, y otro 20 por ciento en concepto de IVA sobre todo lo que consumimos. Además de esta tasa digamos pareja para todos, pagamos según los casos una multitud de otros impuestos a la propiedad, inmueble o automotor, impuestos internos sobre el tabaco, el alcohol y la yerba, impuestos a los combustibles, una multitud de impuestitos para diversos fondos de promoción, impuesto al cheque, peajes y otras numerosas gabelas. Los gobiernos que se autodefinen como progresistas aplican además otro impuesto universal, conocido como inflación, que se lleva anualmente de un 20 a un 25 por ciento más de nuestro patrimonio a tasas actuales. Finalmente debemos pagar el impuesto a los bienes personales, que vienen a ser lo que nos queda después de pagar todos los impuestos anteriores.

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Desconfianza

A comienzos de noviembre el gobierno decidió dar otra clase práctica sobre su acariciada convicción de que la economía debe estar sujeta a la política. Preocupado por una sostenida demanda de dólares que drenaba lentamente las reservas del Banco Central, impuso una serie de restricciones al mercado cambiario, disfrazadas como medidas tendientes a evitar el lavado de dinero y la financiación del terrorismo (sic). El goteo de reservas no se redujo, sino que aumentó. Pero las actitudes intervencionistas revivieron frases adormecidas en el inconsciente de todos los argentinos (“el que depositó dólares…”) y el público comenzó a retirar de los bancos sus legítimos ahorros en divisas. De inmediato surgió un mercado negro, cuya distancia de la cotización oficial fue creciendo día a día. El gobierno, que desoyó en las épocas de vacas gordas las recomendaciones sobre creación de un fondo anticíclico, vio con alarma que los dólares se le escapan por todos los rincones justamente ahora cuando la situación internacional promete ser adversa. Entonces tomó una serie de medidas en el área del comercio exterior, algunas formales, otras informales, algunas sostenidas, otras revertidas de inmediato, para reducir en lo posible la salida de dólares y acelerar su ingreso. Al cabo de dos semanas, y vertido en cifras, el resultado de todas estas maniobras intervencionistas no podría ser más desalentador: las reservas del Banco Central, que antes de las medidas perdían 280 millones de dólares por semana, cayeron en 318 millones en la primera semana, y 686 en la segunda; los bancos perdieron 645 millones de dólares de depósitos en la primera semana, cifra que podría sumar otros 800 millones en la segunda semana; la brecha entre la cotización oficial del dólar y la del mercado negro pasó de ocho por ciento a fin de octubre a 16,55 por ciento el viernes. Dicho en otras palabras, la primacía de la política no consiguió ningún resultado positivo con su incursión en la economía… pero tampoco en su propio terreno.
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