ATLANTA (CNN) — René Favaloro tenía tres amores: la vida, la medicina, la patria. El sábado les dio la espalda con un portazo definitivo. El hombre que ayudó a salvar miles de vidas manipulando con la precisión y el arte de un joyero el delicado motor de la existencia supo dónde alojar una bala con exactitud como para no dar lugar a malos entendidos.
Fue el último servicio que le hizo al país y a la gente que amaba desde sus entrañas, el mensaje que todo suicida pretende hacer llegar a los demás cuando las palabras ya no alcanzan, el alarido final que busca atravesar los oídos taponados por la mezquindad o el ensimismamiento.
Para quienes vean su caso desde afuera puede parecer incomprensible una decisión semejante en un hombre que había conocido todos los éxitos que su profesión podía brindarle, que había creado su propio espacio de investigación y práctica, que había erigido su propia cátedra en un país reputado por su excelencia médica.
Pero para sus compatriotas es imposible no entenderlo. (sigue…)
