TENIXTEPEC, México (Reuter) — La camioneta subió bufando por el camino de tierra y se detuvo en una explanada polvorienta. Un hombre moreno y gordo y una mujer blanca y pequeña descendieron y prudentemente permanecieron al lado del vehículo.
La gente se fue aproximando con lentitud, tal vez atraída por las luces que la camioneta llevaba en el techo, similares a las de los autos policiales que algunas veces llegaban hasta allí.
Los hombres tocados con sombreros de paja y las mujeres de vestidos multicolores aguardaron bajo el sol en silencio, el mismo silencio con el que el dia anterior habían acompañado a nueve de los suyos hasta el campo santo.
El hombre gordo empezó a hablar. (sigue…)
