Archivo correspondiente al tema ‘Visiones y ficciones’

Sandro (1945-2010)

Enero 5, 2010

sanchez

En un país fraudulento, Roberto Sánchez no defraudó. Fue leal consigo mismo y con su audiencia. En un país que no respeta, fue respetuoso. Se respetó a sí mismo y respetó al público que fue construyendo en cada etapa de su carrera. En un país de parásitos, no cosechó lo sembrado por otros: se contó entre quienes abrieron surcos.

El público –lo estamos viendo– retribuyó lealtad con lealtad, respeto con respeto, trabajo con reconocimiento. La gran mayoría silenciosa –lo vimos el año pasado con Alfonsín– no se engaña, ni se deja engañar por la charlatanería o la fantochada, y guarda sus afectos y su aprecio para las figuras de buena madera.

Sandro fue uno de los protagonistas de una época de la Argentina, más ingenua, más amable, más generosa, más confiada, más cordial, más hospitalaria. Esa Argentina fue asaltada a sangre y fuego por los dos terrorismos, fue degradada hacia la vulgaridad y la chabacanería por los medios de comunicación. (sigue…)

“Una semana solos”

Diciembre 26, 2009

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Entre las dos o tres excelentes películas argentinas estrenadas en el 2009, “Una semana solos” se revela como una de las más audaces y rigurosas exploraciones de un segmento significativo de la sociedad local ofrecidas últimamente por cualquier medio de expresión, incluídos la ficción y el ensayo.

El filme de la directora Celina Murga narra la historia de un grupo de chicos de entre siete y 14 años que viven en un barrio cerrado y deben permanecer durante una semana bajo el único cuidado de la empleada, Esther, y la tutela informal de la hermana mayor, María. Los chicos son primos o hermanos entre sí, y a ellos se suman ocasionalmente otros del vecindario.

La historia se construye significativamente a partir de una ausencia primordial, la ausencia de los padres, y fluye sin esfuerzo develando otras ausencias consecuentes, que se vuelven cada vez más abrumadoras a medida que pasan los días, y generan el estallido que deja un pozo de culpa, angustia y perplejidad. (sigue…)

La palabra perro muerde

Diciembre 12, 2009

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El escritor y diplomático Abel Posse, nuevo ministro de educación de la ciudad de Buenos Aires, escribió cuatro verdades en un artículo para el diario La Nación –entre las muchas verdades que ha venido escribiendo en los últimos tiempos– y la jauría progresista se le fue encima con espumosa rabia.

Un columnista recordaba en estos días una frase del poeta Mario Trejo: “La palabra perro no muerde, el que muerde es el perro”. Los progresistas viven en un mundo de palabras, y para ellos la palabra perro muerde. No condenan a Posse por sus hechos, sino por sus palabras. Palabras que, a juzgar por su furiosa reacción, les resultan insoportables.

En los diarios y en las radios, en la televisión y hasta –¡ay!– en la universidad, el elenco estable de pregoneros progresistas se unió en una sola voz para condenar las opiniones de Posse. Incluso el guitarrero quilmeño Aníbal Fernández les dedicó una sentida payada. Ninguno pudo refutarlas racionalmente. (sigue…)

Cuestiones filosóficas

Noviembre 23, 2009

Esta Argentina nuestra no deja de sorprendernos: cuando más escasean las ideas, más abundan los filósofos.

El fenómeno parece haber nacido con el siglo, o con la crisis del 2001. Sea como fuere, de un tiempo a esta parte, diarios y revistas, radios y canales de cable recogen las opiniones de numerosas personas que se describen a sí mismas como filósofos. Si bien esto me sorprende, casi diría me sobresalta, debo aclarar que no le encuentro nada de malo: no va a ser justamente alguien que se describe como periodista quien le va a cuestionar a otro el derecho a describirse como filósofo. O filósofa. Porque también he detectado una filósofa, rareza universal si las hay. El único inconveniente que encuentro es que quienes nos llamamos periodistas solemos hacer algo más o menos parecido al periodismo. Mientras que lo que hacen estos filósofos innumerables no se parece mucho a la filosofía. En tiempos más cautos, más recatados, en el siglo pasado sin ir más lejos, quienes hacían las cosas que ahora hacen los que se llaman filósofos eran conocidos como comentaristas o articulistas, y sólo cuando levantaban vuelo podían alcanzar la categoría de ensayistas, e incluso pensadores. Paralelamente existían los académicos de la filosofía: profesores o anotadores de la filosofía europea. Pero todos guardaban respetuosa distancia de la condición de filósofo, de la que ahora cualquiera se inviste sin el menor rubor. Parece como si la inflación se hubiese propagado desde la economía hacia todos los ámbitos de nuestra vida. Hay que desprenderse de muchos más pesos para comprar lo mismo que hace cincuenta años, hay que mostrar todo el cuerpo para provocar la reacción que un hombro descubierto causaba hace medio siglo. El periodismo solía ser anónimo (como todavía lo es en The Economist, por ejemplo) pero ahora aparecen firmadas hasta las noticias meteorológicas. La firma se devaluó y hay que sostenerla con algún epíteto, lo que explica la audacia de estos jóvenes charlistas. Para ganar la atención que antes merecía quien simplemente estampaba su nombre debajo de un artículo, optan por firmar Fulano de Tal, filósofo. Total, nadie tiene muy en claro qué es un filósofo.

De todos modos estemos atentos, porque en cualquier momento, aunque sólo sea por azar, uno de estos publicistas puede dar con la clave de nuestro problema principal, que no es el ser o el tiempo o la trascendencia, sino por qué demonios este bendito país no funciona. Algunos de ellos ya han tratado de hacerlo, pero las explicaciones que han propuesto me sonaron ajenas, viejas, e inútiles.

–SG

Aníbal Ford (1934-2009)

Noviembre 9, 2009

Aparece en Aníbal Ford un tironeo permanente entre la inteligencia, la intuición y la creatividad, por un lado, y el encorsetamiento ideológico al que voluntariamente las sometió, por el otro. Hay que tamizar la obra de este intelectual argentino para encontrar en ella materiales nobles como los que este país necesita urgentemente para su (re)construcción. Pero que no quepa duda: ahí están.

Vayan como muestra estos párrafos suyos del 2002: “Un país no es una entidad metafísica sino un conjunto de afectos, de costumbres, de interrelaciones, de vida cotidiana, de formas de entender o dar sentido a la vida, a la familia, al trabajo, al mundo, construidos en tiempos largos. No es fácil sacarse un país de encima.” Hasta aquí estamos de acuerdo, pero sigue Ford: “Por eso, si lo destruyen moriremos dando testimonio de algo que quiso ser. Y si no lo hacen, seguiremos tratando de que elija con autonomía su forma de participación en el mundo, sus campos de conflicto y de lucha. Y no enroscado en una monocultura que no sólo desconoce que la riqueza de la humanidad está en su propia diversidad sino que, con prepotencia etnocéntrica, se cree el único modelo posible.” La idea de morir dando testimonio era central en el pensamiento de los setenta (Rodolfo Ortega Peña reivindicaba el martirio del pueblo paraguayo al mando de Francisco Solano López), y en cuanto a la prepotencia etnocéntrica de la monocultura, sabemos a partir de Darcy Ribeiro que forma parte del proceso civilizatorio, y en términos históricos probablemente no sea más que una anécdota. “Es difícil pensar la Argentina”, reconoció Ford en ese mismo texto. Abordó el asunto desde todos los ángulos posibles, inclusive desde el poco frecuentado aspecto del territorio. Su investigación sobre la cuenca del Salado sorprendió en su momento por su rara originalidad, por su pesquisa periodística de datos y hechos, en un ambiente intelectual caracterizado por los devaneos teóricos y las polémicas abstractas. Con sus incursiones en el tema de los medios de comunicación ocurre lo mismo que con otros teóricos del tema: sus interpretaciones tienen poco o nada que ver con la experiencia de quienes se dedican al trabajo periodístico, y por momentos no se entiende de qué están hablando. Ford contribuyó a crear y dirigir la carrera de comunicación en la Universidad de Buenos Aires, cuyos criterios no pueden ser más descaminados ni sus frutos más desafortunados. Pero, otra vez el tironeo, él mismo dijo en un reportaje: “las utopías comunicacionales, es decir, las propuestas que afirman que, resueltos los problemas de comunicación entre los hombres, se van a resolver los problemas del mundo, fracasaron siempre. Los problemas económicos, políticos y socioculturales que afectan al mundo exigen transformaciones estructurales, no simbólicas.” En sus ensayos (Medios de comunicación y cultura popular, Navegaciones, La marca de la bestia, Resto del mundo), y en sus ficciones (Sumbosa, Ramos generales, Los diferentes ruidos del agua, Oxidación) habrá que buscar las claves de este escritor que soportó con ácido humor las embestidas ideológicas del gobierno militar y las rivalidades mezquinas de sus propios compañeros de ruta.

–SG