Archivo correspondiente al tema ‘Progresismo’

Vejación

Julio 15, 2010

La aprobación de la ley que hace extensiva a los homosexuales la opción de unirse en matrimonio civil con los mismos derechos y obligaciones de los heterosexuales es un despropósito institucional y un mamarracho jurídico impuesto a la sociedad por una legislatura oportunista, carente de convicciones, y olvidada de su condición de representante política.

El oficialismo volcó todo su peso detrás de un proyecto que semanas atrás no le interesaba, y apeló a las conocidas presiones, mañas y triquiñuelas para bloquear alternativas, torcer voluntades y conseguir llamativas ausencias a la hora de votar. Enredada en su habitual confusión ideológica, la oposición –radicalismo, socialismo, Coalición Cívica– hizo y dejó hacer.

A través de esos actores, una minoría activa, vocinglera y organizada, respaldada por una constelación de medios de comunicación afiliados al progresismo, prevaleció sobre la mayoría silenciosa del país. El enorme pene inflable agitado por esa minoría frente al Congreso resumió perfectamente la ética y la estética de lo que ocurría adentro: una vejación de la ciudadanía. (sigue…)

La Prensa, de Gainza

Mayo 4, 2010

En un reciente acto público, agitadores oficialistas pusieron en tela de juicio el comportamiento del diario La Prensa, entonces propiedad de la familia Gainza, durante los años de la última dictadura militar. El alegato desconoce arbitrariamente la actitud asumida en esos difíciles momentos por los responsables del diario y por los periodistas que trabajamos en él, entre los cuales me incluyo.

En el contexto del periodismo acobardado, gris y uniforme de la época (cuando no cómplice), el diario La Prensa, junto al Buenos Aires Herald, marcó una diferencia que el progresismo siempre tuvo dificultades para reconocer. Se la reconoció al Herald, porque es sapo de otro pozo y está al margen de la contienda política local. Pero no a La Prensa.

El progresismo, en el que pueden inscribirse los participantes del acto mencionado, se erige en implacable crítico del pasado mientras elude las incomodidades del presente. Como las circunstancias puestas ahora en entredicho ocurrieron hace tres décadas, muchos pueden tomar por cierto lo afirmado en esa tribuna. Este testimonio personal pretende aportar otra visión. (sigue…)

Lecciones de una renuncia

Diciembre 23, 2009

La renuncia de Abel Posse al ministerio de educación de la ciudad de Buenos Aires deja varias lecciones sobre el desenvolvimiento de la vida política argentina que no auguran nada bueno para el futuro, a la vez que pone al desnudo la poderosa influencia que el llamado progresismo ejerce sobre los medios de comunicación masivos.

Digamos en principio que la virulenta campaña de desinformación y difamación lanzada contra Posse en realidad apuntó siempre contra Mauricio Macri, cuya gestión en la ciudad la izquierda busca obstaculizar y desprestigiar por todos los medios (literalmente), no sea cosa que la racionalidad administrativa y el comportamiento republicano tengan éxito.

De hecho, Posse era –y sigue siendo– un desconocido para el progresismo, que jamás se ocupó de sus novelas, ni de sus ensayos ni de sus opiniones, simplemente porque en la política comunicacional que el progresismo impone a los medios al que no es “del palo” se lo silencia, se lo ignora, llegado el caso se lo difama.

Hoy mismo, las páginas culturales dedican amplio espacio a la aparición del libro de Roland Barthes sobre la muerte de su madre. El estremecedor libro de Posse sobre la muerte de su hijo no mereció ni la décima parte de la atención. Los pensadores y escritores condenados deliberadamente al olvido por el comisariado progresista se cuentan por decenas.

El episodio desnuda asimismo las limitaciones políticas de Mauricio Macri. Obviamente, el jefe de gobierno no podía prever la embestida contra Posse porque nada hay en los actos ni en las ideas del escritor que la justifique. De manera que no se lo puede acusar, como han hecho algunos, de hacer sus nombramientos a la ligera.

Pero, una vez desatada la furiosa reacción del progresismo y sus cómplices, las propias huestes del jefe de gobierno se preocuparon más por controlar los daños que por sostener los principios.

Y, como ya ha hecho otras veces, Macri prefirió ceder antes que dar batalla, sin darse cuenta que esa actitud le está jugando en contra: sus enemigos ya le “tomaron el tiempo” y el electorado que le brindó un apoyo abrumador empieza a desencantarse.

Si Macri cree verdaderamente en un país republicano y liberal, tiene que darse cuenta que para llevar adelante ese propósito tiene que dar batalla, tiene que hablar claro, y marcar las diferencias con quienes se oponen a esos principios. El liderazgo político supone mucho más que buena administración, y esto debe aprenderlo Macri si aun guarda aspiraciones presidenciales.

La mezquindad y el espíritu miserable distinguen al progresismo, pero lo exceden. Muchos campeones declarados del republicanismo y la libertad, como los líderes de la Coalición Cívica y la Unión Cívica Radical, para señalar a los más conspicuos, prefirieron mirar para otro lado en este caso, guiados por el cálculo pequeño de sus conveniencias electorales.

Esto lo señaló el propio Posse al explicar su renuncia. Dijo también que en la Argentina “la prepotencia antidemocrática se viste de democracia”. Y dejó una advertencia digna de ser atendida: “El país está en el borde de la anarquía. Convoco a que empecemos una lucha seria contra esta anarquización, que va a terminar muy peligrosamente”.

–Santiago González

Notas relacionadasLa palabra perro muerde.

La palabra perro muerde

Diciembre 12, 2009

abpos

El escritor y diplomático Abel Posse, nuevo ministro de educación de la ciudad de Buenos Aires, escribió cuatro verdades en un artículo para el diario La Nación –entre las muchas verdades que ha venido escribiendo en los últimos tiempos– y la jauría progresista se le fue encima con espumosa rabia.

Un columnista recordaba en estos días una frase del poeta Mario Trejo: “La palabra perro no muerde, el que muerde es el perro”. Los progresistas viven en un mundo de palabras, y para ellos la palabra perro muerde. No condenan a Posse por sus hechos, sino por sus palabras. Palabras que, a juzgar por su furiosa reacción, les resultan insoportables.

En los diarios y en las radios, en la televisión y hasta –¡ay!– en la universidad, el elenco estable de pregoneros progresistas se unió en una sola voz para condenar las opiniones de Posse. Incluso el guitarrero quilmeño Aníbal Fernández les dedicó una sentida payada. Ninguno pudo refutarlas racionalmente. (sigue…)

Un golpe publicitario

Noviembre 28, 2009

Un funcionario del gobierno de la ciudad de Buenos Aires se preguntaba por qué los homosexuales hacían tanto alboroto con la posibilidad de contraer matrimonio cuando ya contaban con la ley de unión civil. El funcionario no tenía en cuenta el factor propagandístico: el matrimonio legal entre personas del mismo sexo es antes que otra cosa un formidable golpe publicitario para el activismo homosexual.

Una sociedad carente de convicciones y de liderazgos, confundida y abrumada, asiste perpleja a lo que se le presenta como un debate entre dos extremos: por un lado los campeones del progresismo y los proselitistas de la homosexualidad, por el otro, prácticamente en soledad, la Iglesia Católica. Los dirigentes políticos miran discretamente para otro lado, temerosos de perder imaginarios votos de uno u otro bando. Sin embargo, el caso planteado por la decisión de una jueza de autorizar un matrimonio entre personas de igual sexo tiene gran importancia porque refuerza la corriente tendiente a derribar una por una todas las instituciones de nuestra sociedad, en este caso la institución matrimonial. A primera vista parece contradictorio que el progresismo, empeñado en la destrucción de la familia siguiendo el plan de batalla trazado por Ronald Laing y David Cooper, respalde la ambición de los homosexuales a unirse en matrimonio legal, que es la expresión institucional de la familia. Pero la contradicción es sólo aparente: la aceptación del matrimonio entre homosexuales es al mismo tiempo un triunfo publicitario para éstos en su pretensión de imponer la “naturalización” de la unión entre personas de igual sexo, y una degradación, por “desnaturalización”, de la institución matrimonial. Desde los orígenes de nuestra civilización occidental, en el derecho romano, el matrimonio fue considerado una de las instituciones sociales. La sociedad considera que la familia, heterosexual y procreativa, es funcional a sus intereses, y entonces resuelve protegerla. No es por una manía de registro y control que un estado decide tomar nota y dejar constancia de la voluntad de un hombre y una mujer de constituir una familia: el acto del matrimonio legal le hace saber a los contrayentes que su decisión es relevante para el estado que los contiene, y por eso les concede una serie de prerrogativas, y les impone también una serie correspondiente de obligaciones. Si estas mismas condiciones se hacen extensivas a cualquier tipo de unión, todo pierde automáticamente el sentido en términos institucionales. Daría exactamente lo mismo que el estado se desentendiera por completo de la manera como la gente decide organizar su vida, administrar su patrimonio, y asegurar su descendencia. Lo que el tema del matrimonio entre homosexuales le plantea a la sociedad es si está dispuesta a afianzar la institución familiar y a proteger y jerarquizar el matrimonio heterosexual, antes que nada en términos civiles, de ciudadanía, y luego en términos morales o religiosos, según las convicciones de cada uno. Ese afianzamiento y esa protección van desde la valoración pública (vale decir en los medios de comunicación) y el adecuado respaldo económico (remuneraciones justas para los jefes de familia, consideraciones especiales para las madres que trabajan) hasta los mecanismos de asistencia social (vivienda, salud, espacio público). Una parte de esa valoración consiste en preservar la denominación de “matrimonio” y ciertos derechos inherentes, como los de la paternidad o la adopción, a la familia tradicional. La ley de unión civil, vigente en la ciudad de Buenos Aires y en varios lugares del interior del país, contempla otros tipos de situaciones que la sociedad no puede desconocer, y brinda adecuado (y perfectible) marco legal a la convivencia entre personas del mismo sexo.

Bien puede ocurrir que la sociedad haya llegado a la conclusión de que la institución matrimonial ya no le interesa, o no representa su idea de familia, y entienda por lo tanto que aquí no tiene nada en juego. Muy bien. Pero después debería hacerse cargo de las consecuencias, y no reclamar más policías en las calles, trato más duro contra los menores, centros de recuperación de drogadictos, socorro y amparo para las mujeres golpeadas, males sociales que se inscriben, todos, en la desintegración de la familia tradicional.

–SG